viernes, septiembre 14, 2007

EL PRIMER TRABAJO

La máquina parecía sencilla de usar. No tenía demasiados controles, ni pantallitas, ni botones extraños. A pesar de todo Rosalinda nunca había usado ninguna. Era su primera vez en un trabajo y con quince años no sabía gran cosa de máquinas, de producción en serie, y de hecho de casi nada en la vida. Así que llegó ese día a la fábrica y después de que firmó el contrato temporal de trabajo por tres meses, un supervisor la llevó al área de entrenamiento donde pasaría cuando menos ocho horas todos los días durante una semana. El tiempo requerido de capacitación. Unos ojos que no la miraron y una voz estresada la acribillaron atropelladamente con instrucciones que ella no captó ni a medias. Tenía que ensamblar treinta paquetes de baterías cada hora según una muestra. Para hacerlo, colocaría laminillas de Níquel una a una sobre el paquete y luego las soldaría poniendo cuatro puntos o dos golpes de la máquina en cada extremo.

—Fácil ¿no?, es sólo una pequeña conexión en serie. Si tienes cualquier duda, sólo observa la muestra. Los treinta paquetes deben ser idénticos a ella.

El supervisor se retiró a todo andar y la dejó frente a la máquina, a la que se quedó mirando intentando comprender el misterio de su mecanismo. Lo más fácil cuando no se sabe hacer una cosa es ver cómo lo hacen los demás pero ella estaba sola en la sala de entrenamiento. Aturdida, se sentó frente a la máquina y observó detenidamente los dos electrodos de cobre frente a ella. Había un espacio entre las puntas cilíndricas inferiores y la base de la máquina. Recordaba que el supervisor le había dicho que colocara el paquete de baterías debajo y sobre éste, las laminillas de Níquel, pero no estaba segura. Observó la muestra para ver la colocación de las laminillas y colocó la primera de ellas en su paquete.

—Bien, se dijo. Ahora hay que poner cuatro puntos de soldadura en ella. Si los electrodos son dos, entonces habrá que hacer que bajen dos veces, pero ¿cómo hacer que bajen?

Hizo un esfuerzo por concentrarse. Olvidar la perturbación que le causó entrar en esa gigantesca fábrica, las gentes apuradas de un lado hacia otro con esas gafas de seguridad tan raras y esas batas azules que fluían como si flotaran en la atmósfera blanca y brillante. A un lado del pasillo por donde la llevaron a capacitar, observó un módulo blanco identificado con un letrero que decía: Cuarto Limpio, donde los trabajadores tenían botas, guantes, batas y gorros blancos. Rosalinda los imaginó como ratas de laboratorio. La intensa iluminación neón que inundaba todo daba un aspecto irreal a las cosas y a las personas. Todos se veían más pálidos, con los rasgos más marcados. El ambiente le recordaba una película de ciencia ficción, como si estuvieran todos a bordo de una nave del futuro.

Al colocar la segunda laminilla, equivocó el sitio y el corto circuito la calentó enseguida. No pudo evitar quemarse las puntas de los dedos a pesar que los retiró enseguida. Una vez puesta en el lugar correcto, intentó adivinar cómo diablos hacer que los electrodos bajaran. Buscó alguna tecla o botón y no encontró nada. Entonces tomó los electrodos con ambas manos para intentar bajarlos pero notó que estaban demasiado duros. Casi tuvo que subirse encima de ellos para lograr que bajaran y soldar dos puntos dejando dos pequeñas marcas cilíndricas en la lámina. El esfuerzo le dejó los dedos y las manos adoloridas y marcadas. Con desesperación, se dio cuenta que nunca lograría terminar los treinta paquetes en una hora si tenía que usar una fuerza tan excesiva cada vez. Le preocupaba cumplir el estándar para cambiar su contrato de temporal a fijo al término de tres meses. Su cara se ponía roja del esfuerzo y casi estaba cortándose las manos y así no lograría completar la cantidad requerida. Seguramente la despedirían enseguida. Aun así, no se rindió y logró soldar algunas laminillas más antes de que llegara el supervisor a revisar su trabajo.

—¿Cuántos has hecho? Preguntó.

Sólo dos ¡pero es que está durísimo!

—¿Cómo durísimo? si eso es muy fácil, a ver muéstrame cómo lo haces.

Rosalinda se esforzó una vez más empujando de arriba hacia abajo los electrodos con todas la fuerza que le era posible.

—¿Pero qué haces? Dijo el supervisor carcajeándose, ¿no ves que la máquina tiene un pedal debajo de la mesa y todo lo que hay que hacer es pisarlo para hacer bajar los electrodos?

Desde entonces, Rosalinda abandonó sus ensueños de adolescente de quince años y se dedicó a cumplir con su estándar para ganarse un trabajo fijo en la fábrica.

3 comentarios:

El Declamador Sin Maestro dijo...

Elpidia:

Tarde o temprano se tiene que poner uno las pilas y tomar en cuenta el factor sorpresa, que no? Por alguna razón se antoja ésta como una historia autobiográfica. El nombre real hubiera estado mejor que el que elegiste para el personaje...

Saludos.

Elpidia García dijo...

Tienes razón, a veces un relato es como un collage de recuerdos, lugares e historias diversas, pero siempre hay algo muy íntimo en ellas. En este caso, se trata de una historia real y el nombre de Rosalinda también lo es, aunque el asombro de verse en un nuevo ambiente, tiene que ver con las impresiones que yo tuve la primera vez que estuve en una maquiladora.

Abrazos.

spadelosviernes dijo...

Me sonreía mientras lo estaba leyendo, esperando que algún listo viniera a explicar la sencillez de la acción. Más sé lo mal que se puede llegar a pasar, cuando tienes que hacer algo, explicado malamente, y sin nadie a quién preguntar.
Besos