lunes, octubre 30, 2006

IKER EL CIEGO

Iker quisiera tener la consistencia del molusco. Ser un invertebrado con el caparazón del cangrejo; o estar cubierto como el caracol con su concha, para evitar hacerse daño cada vez que tropieza con las piedras. Cada vez que no atina el paso al subir o bajar las banquetas, o los escalones del autobús. Quién iba a pensar que la vida le haría esa jugarreta de dejarlo a oscuras ya pasados los cuarenta.
— Me toma muy viejo la ceguera. Si cuando menos hubiera nacido así, estaría ya hecho a la idea. Mis otros sentidos compensarían la falta de vista y, sin nunca haber visto la luz del día ¿cómo habría podido echarla en falta? Ni por eso se apiadó Greta y vio en mi enfermedad la oportunidad de deshacerse de mí cuando más la necesitaba. No tardó mucho en conseguirse otro, y otro más. Me tuve que ir de la casa cuando su descaro era ya insoportable. Las últimas palabras que me lanzó cuando me marché, todavía me punzan el alma como clavos ardientes.
—¡Lárgate de una vez, ciego inútil!
—El camino a la fábrica desde donde vivo ahora que ya no estoy con Greta no lo conozco. Me vuelvo loco tratando de reconocer las calles, las esquinas, los autobuses. Distingo las cosas por sus sombras, sus siluetas y la luz del sol me enceguece todavía más. ¡Ah! Dios mío, quién tuviera la capacidad del murciélago, que manda sus señales por el aire para evitar chocar contra los árboles; o la de la hormiga, que puede llegar hasta su nido guiada por los olores de su ruta.
Iker tropezó el otro día con unos hombres que hacían reparaciones en la calle y que descansaban echados en el suelo después de la hora del almuerzo, y cayó encima de ellos.

— ¿Qué estás ciego, pendejo? ¡Fíjate donde pisas!

Iker lloró calles más adelante. A partir de su ceguera, sólo inspiraría el desprecio y la compasión de los hombres.

— ¡Señor! Conviérteme en araña, que sabe medir a zancadas la distancia a su agujero. La más pequeña alimaña ciega puede sobrevivir en la Tierra y yo, que soy hombre, no soy más que un despojo inútil.
En el almacén de la fábrica donde trabaja, Iker surte materiales que conoce desde hace muchos años. Reconoce los tornillos, las tuercas, los diferentes cables al tocarlos, pero desde que sus compañeros se dieron cuenta de que el glaucoma lo está dejando ciego, le van dando cada vez menos responsabilidades para evitar que tenga un accidente, y para evitar errores de surtido. Antes, manejaba un montacargas pero ahora, no es capaz de distinguir la línea sobre la que debe escribir su nombre.
— Deberían darle la incapacidad permanente en el Seguro Social, Iker. Usted no puede trabajar así. Le dijo la enfermera de la fábrica.
— No me la dan porque dicen que me pueden operar si consigo unas válvulas que cuestan catorce mil pesos, y yo no los tengo. Y el Seguro Social no tiene presupuesto para comprarlas.

— Pero es que el riesgo de un accidente es muy grande.

— Sí, pero yo necesito que me operen. Que me pongan esas válvulas para ver mejor y no tengo ese dinero. Tengo que seguir trabajando hasta que los junte.

Iker salió de la enfermería y se acordó de Bartimeo, el ciego de la Biblia, que fue sanado por Jesús en Jericó.
Pero Jericó estaba más lejano todavía que el día que llegara a conseguir los catorce mil pesos.

La obra de arriba es: "Jesús cura al ciego de Jericó" de Nicolas Poussin hacia 1650

1 comentario:

Don Melón de la Huerta dijo...

Pues el contexto donde se desarrolla esta historia me parece muy familiar. No el nombre que elegiste para tu(s) personaje(s). Aun así, me parecen un relato excelente. Me cautiva, sobre todo, la forma que ruega el ciego ser otro animal aquejado de su mal. Esta construcción pone de relieve la dependencia de un ser humano en la tecnología y en la artificialidad para poder subsistir.

Por otro lado, cuando el personaje quisiera ser un molusco, se me antoja que hay en México algunos que han logrado serlo. Especialmente algunos trabajadores del IMSS. Me causa una gran molestia cómo se convierten en partículas de una enorme cáscara, de un monumento que no cumple otra función que la de adornar y brindar un falso prestigio al país, que se jacta de tener como principio el bienestar social.

Y más aun, es aterrador cómo el mundo deja de existir una vez que cerramos los ojos, o que la enfermedad nos los oscurece, especialmente cuando se trata de hallar quien nos tienda la mano.