sábado, octubre 06, 2007

BREVE REGRESO DE LA MUERTE


De pronto, Julio fue consciente de que estaba muerto cuando su cuerpo estaba tendido en la funeraria. El intenso olor de las flores de los ramos sobre el féretro abierto frente a su cara lo despertó. Sus fosas nasales se expandieron cuando aspiró la fragancia que invadía el recinto y entonces abrió los ojos por primera vez. Como en un recién nacido sus pupilas oscilaron ajustándose a la luz, mientras su mente adormilada muy lentamente reacomodaba los pensamientos que tenía antes de su muerte. Con la extrañeza propia de quien despierta de una anestesia, observó el crucifijo dorado que se erguía ante su rostro; las paredes blancas; el candil dorado de araña; la bovedillita pintada de pretendido azul cielo en el techo, y en su centro, regordetes querubines que flotaban entre las nubes cubriendo sus pudendas partes con listones blancos. Sonrió, o creyó que sonreía por lo grotesco de esa obra pintarrajeada por algún pintor de brocha gorda.

Todo su alrededor fue desvelándose de la forma en que se descubre el exterior soleado al abrir una cortina muy despacio en una habitación oscura. Entonces también miró el candelero de pedestal colocado en un extremo del ataúd, su vela blanca y la llama titilante; el mullido forro de satín blanco que rodeaba su cuerpo. Más allá, unas cuantas coronas funerarias recargadas contra la pared. Leyó los nombres con letras doradas en las cintas: “Familia Rincón Pedroza”, “Querida esposa e hijo”, “Familia Pérez Rincón”, “González Rincón”, “Rincón Gallegos”. Rumió una maldición sin rencor. ¿Y las coronas de los amigos, con los que se iba de parranda cada semana pagándoles los tragos casi siempre?

Aun incrédulo, su oído luego reparó en los cuchicheos. De esos siseos principalmente de mujeres que solamente se pueden escuchar en un velorio, reverentes y quedos. No tuvo ya más dudas de que estaba muerto.

Ya más despabilado, intentó palparse para demostrarse que era otro y no él, quien debía estar en la caja de madera de cerezo lujosamente adornada con detalles metálicos dorados, pero se dio cuenta de que su cuerpo no respondía a sus deseos de moverse. No sintió pánico. Por alguna extraña razón se le había concedido la virtud de la resignación ante su actual estado. Hizo un esfuerzo mayor de concentración e intentó incorporarse aun a sabiendas de que excepto por la ventana de cristal frente a su cara, la puerta de la caja estaba cerrada. Era tan ligero que el impulso lo alejó trastabillando algunos pasos del ataúd, muy cerca de la gente, pero nadie pareció verlo. Logró apaciguar la repentina estupefacción que le causó el separarse de sí mismo y entonces se acercó para observar por la ventanilla abierta. Encontró allí el rostro demacrado del hombre que había sido él, Julio Rincón Pedroza, durante cincuenta años. La muerte le había conferido una paz que en vida nunca tenía, pensó. Aun cuando descubrió cierta nobleza y apostura antes desapercibida en sus facciones, que miraba ajadas y tristes cada mañana al espejo, no se arrepintió de la vida libertina que finalmente acabó con su hígado.

Se volvió para ver a los concurrentes. En primera fila estaba Ema, vestida con un vestido muy corto y estrecho para un funeral, lloriqueando y dejándose consolar por ese compañero de trabajo que le ponía como ejemplo de decencia cuando llegaba ebrio. De estar vivo, hubiera pensado que haberse casado con una mujer tan joven y coqueta empujó su final. Que los celos que lo atosigaron todos esos años fueron por su culpa y que por ello se refugió en el alcohol. Nada de eso importaba ahora. Todo lo que le había pasado estaba exento de la pasión con que vivió la vida. Los sentimientos ya no estaban allí. Era como contemplar su propia vida con otro corazón, a siglos de distancia. Recorrer sus recuerdos en una antigua cinta muda, o en un álbum de fotografías de mucho tiempo antes.

Más atrás estaba Julián, su hijo presumiendo a sus amigos que el carro que había sido de su padre ya era suyo. No parecía triste, pero lo aparentaba. Culparse ahora por haber sido un mal padre hubiera sido inútil, y pedirle perdón, si pudiera, no hubiera cambiado nada. Estuvo siempre ten lejos de él, tan ocupado en las heridas abiertas de sus celos, que sería absurdo culparlo por no amarlo.

En las siguientes filas el resto de su familia, con las caras largas pero finalmente aliviados por no tener ya que batallar con él para sacarlo de las cantinas, de pagar sus deudas de parranda, los vidrios de los carros rotos, de saldar las cuentas de los hospitales ya cuando estaba muy enfermo. Advirtió el sufrimiento de sus ancianos padres pero comprendió que el tamaño de su pena era menor ahora que había muerto, que cuando estaba vivo. Recorrió una vez más los rostros amados y los indiferentes, los desconocidos, los tristes y los llorosos. Y por todos sintió la ternura que se siente por un amor muy viejo y olvidado, o algo parecido. Supo que estarían bien sin él para lidiar sus propias batallas.

Intentó discernir sin lograrlo las razones del efímero regreso de su muerte mas recordó las veces que volvió, cuando estaba vivo y sin motivo aparente, a los lugares que guardaban un lugar especial en su corazón para recorrer nuevamente sus calles, sentarse en un sitio en el que estuvo muchas veces, o confirmar que el sauce donde esperaba a una novia seguía allí, como si nada, como si a nadie le doliera como le dolió a él marcharse un día. Entonces tal vez volvía una o dos veces, hasta que se quedaba en paz y la nostalgia se diluía para siempre.

Así, sin pena ni remordimiento, entendió que su lugar ya no era este mundo. Regresó a la caja de cedro y sin dificultad penetró en su cuerpo que sintió demasiado frío. Cerró los ojos y dejó que sus pensamientos, últimos vestigios de vida, se oscurecieran para siempre.

3 comentarios:

Don Melón de la Huerta dijo...

Elpidia:

Tus relatos me hablan de una manera bien directa. La forma en que comparas este "regreso a la vida" con el sentimiento que a uno lo embarga al pasar por las calles de la infancia o de los momentos cruciales en la vida la sentí muy de cerca. Citaré una línea de tu cuento que me viene a la cabeza casi así como la escribiste cada vez que pienso en mis "amigos": "¿Y las coronas de los amigos, con los que se iba de parranda cada semana pagándoles los tragos casi siempre?" Además, se siente la curiosa sensación de que esta conciencia, este espíritu separado de nuestro mundo encara sus propios fantasmas, como en una especie de juicio.

Gracias, un abrazo.

Ruben dijo...

estimada amiga elpidia, te invitamos a este evento, es de inumerable valor tu presecia para que este evento desenboque causa de bien para esta gente, entre a mi blog, sin mas me despido, pase por aqui no me tengan miedo

spadelosviernes dijo...

Excelente. Me parecía estar mirando a Julio mirarse y repasar a los presentes.
Besos