miércoles, mayo 16, 2007

LAS RATAS DE LA CALLE BABÍCORA

Lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en la calle Babícora, son las ratas que salieron de la alcantarilla cierto año que llovió mucho. Eso, y las densas nubes de polvo que se levantaban del suelo por la falta de asfalto, cada vez que pasaban los carros. Las promesas del ayuntamiento para asfaltar la calle se renovaban cada época de elecciones, y hasta enviaban a los topógrafos y a las máquinas emparejadoras, pero inexplicablemente los trabajos se suspendían una vez elegido el alcalde. No importa cuánto se limpiara, lo seco del suelo hacía que la tierra se desprendiera como un talco fino que mantenía todas las cosas dentro de las casas cubiertas siempre por una delgada capa de tierra.

La parte superior de la alcantarilla en mitad de la calle, se elevaba grotescamente casi un metro encima de su nivel por los deslaves que el paso del agua dejaba en época de lluvias.

Los muchachos del barrio, recién terminaban la primaria, o si acaso un año o dos de secundaria, dejaban de ir a la escuela. Unos, hijos de madres solteras demasiado ocupadas en sus trabajos para vigilar su educación, por encontrar mayor deleite en la vagancia; otros, porque en algo tenían que trabajar para ayudar con el gasto familiar. Albañiles, vendedores de verduras, pintores de “brocha gorda”, ayudantes de mecánicos, eran algunos de los oficios que realizaban. Por las tardes, cuando ya habían vuelto de sus trabajos, muchos se juntaban en la esquina de la vecindad de Doña Anita, donde yo vivía. Un conjunto de diez departamentos de una sola planta unidos por un patio común, donde estaban los baños, los lavaderos de ropa y los tendederos. Se compraban una caguama, que metían en una bolsa de papel para ocultarla mientras se la pasaban uno a otro para tomarla a “pico de botella”, y hablaban de lo poco que pagaban en el trabajo, de lo dura que estaba la vida, de sus planes para irse al otro lado, mientras miraban pasar a las muchachas. Un litro de cerveza entre varios no duraba mucho. Si era de día de pago, compraban más y entonces la plática se alargaba hasta que oscurecía. La calle era preferible a estar en las casas, demasiado pequeñas y con demasiados ocupantes.

El verano echaba a la gente de las casas de la vecindad. Cualquier lugar era mejor que esas minúsculas celdas de dos habitaciones sin aire acondicionado. Por las tardes, una sinfonía de tonos naranjas y rojizos, como los de un fuego que se muere y que alguien ha olvidado atizar, dibujaban en el horizonte cada día un paisaje diferente, en competencia con el del día anterior. A esa hora, las señoras sacaban el televisor a la banqueta, que colocaban en una silla, para ver la telenovela de moda con las vecinas y de cuando en cuando, para matar el aburrimiento, organizaban también juegos de lotería en los frentes de sus casas. Entonces sacaban una mesa, una extensión eléctrica con un foco, que colgaban de un clavo en lo alto de una pared y cada quien se traía su silla de su casa. Mejor se estaba en la acera recibiendo adventicias brisas refrescantes que dentro, soportando el sofoco.

Mientras, los niños jugaban al fútbol en las polvorientas calles. Cuando pasaban los carros, paraban el juego y se hacían a un lado; esperaban un poco a que se disipara la polvareda y luego, ponían la pelota justo donde estaba antes de la interrupción y reanudaban el juego. Terminaban sudorosos, con los zapatos y piernas cubiertos de tierra seca, blanquecina. La tierra pegada a la frente, les escurría con el sudor dejándoles la cara chorreada de mugre. Cuando se acercaban a jugar a la lotería, todavía jadeantes de tanto correr, desprendían un tufo a sudor húmedo y caliente.

Había pocas cosas que alteraban el ritmo de vida del barrio. A veces, si los atrapaban bebiendo en la calle, las redadas de la policía se llevaban a los muchachos. Las madres entonces lloraban y se quejaban de que los muchachos no habían hecho nada. De vez en cuando, los fines de semana, algún inquilino alcoholizado la emprendía a golpes contra su esposa y todos los vecinos se enteraban de los dimes y diretes que se lanzaban a gritos, pues todo se escuchaba en la vecindad. Nadie intervenía porque al pasar los días, la señora con los ojos morados y el hombre con cara de estar aun recuperándose de la resaca, andaban muy sonrientes y cariñosos como si no hubiera pasado nada.

Lo más llamativo en varios años fueron aquellos titulares en los diarios: Cargamento de drogas sintéticas robado en las narices de la policía. Buscan responsables en la calle Babícora. Entonces arreciaron las redadas y los muchachos dejaron de juntarse un tiempo en la esquina para tomarse sus cervezas. Nadie supo si el cargamento fue encontrado y las noticias ya no volvieron a recordar el asunto.

En la época de lluvias, por allá por el mes de Julio, la calle Babícora, ancha como una avenida, se convertía en un arroyo incontenible. Como estaba en pendiente y tenía su origen en uno de los cerros cercanos, la corriente era tan fuerte que era peligroso querer cruzarla si había llovido mucho. Los niños nos acercábamos con cierta emoción por el peligro, fascinados por ese torrente chocolatoso que arrastraba al pasar perros muertos, muebles, llantas y toda clase de basura. Por diversión y sin medir el peligro, algunos niños se agarraban de las manos para formar una cadena y pasar incólumes al otro lado. No faltaba alguno que otro que tropezara y se diera un buen susto, o que se hiciera una cortada en un pie con algún trozo de vidrio. Alrededor de la alcantarilla, el agua borboteaba con mayor violencia.

En cierta ocasión, las lluvias fueron más intensas de lo normal y el agua rebasó el sistema de drenaje al grado que las alimañas que vivían en el albañal tuvieron que salir a la superficie. Pronto una invasión de ratas gigantes infestó el barrio. Atraídas por el calor y los desperdicios de comida descompuesta en la vecindad, que estaba a pocos metros de la alcantarilla, empezaron a merodear por las casas. Quienes las habían visto, aseguraban que tenían el tamaño de un gato grande. Otros dijeron que hasta el de un perro. Todos estábamos temerosos, pues había rumores de que en un barrio cercano, una madre había encontrado a su niño muerto al amanecer. Por la noche, una, o varias ratas hambrientas lo usaron como alimento mientras dormía, decían.

La gente hablaba de que una mordida por leve que fuera, podía transmitir la rabia. El miedo colectivo era evidente.

Una noche calurosísima, rato después de apagar las luces y cuando intentaba dormir sin conseguirlo, escuché ruidos extraños en la casa. Al principio, decidí no poner atención pero en cuanto recordé todas las historias que la invasión de ratas estaba provocando en el barrio, me incorporé presurosa temiendo que fueran a atacarme. Mis hermanos y mi madre ya estaban dormidos. Concentré toda mi atención en los ruidos para escuchar de dónde provenían y entonces me di cuenta de que una espantosa rata estaba intentando entrar por la ventana, pero quedó atrapada entre las barras de la reja metálica y el vidrio, por lo que no podía salir ni entrar. Pegaba chillidos de desesperación y arañaba el vidrio con sus garras buscando una salida. Espantada, observé cómo su silueta se perfilaba en la ventana al darle la luz del foco exterior. ¡Era enorme! Mayor que el gato más grande de la vecindad. El pelambre grueso y brillante la hacía más repulsiva todavía. Presa de pánico, empecé a gritar con todas mis fuerzas y pronto, todos despertaron y también gritaban. Mi madre, corría de un lado a otro sin saber qué hacer y gritaba también. Encendió la luz. Finalmente, los muchachos que se juntaban en la esquina, que todavía estarían tomando cerveza, se dieron cuenta del escándalo y se acercaron a la ventana.

¡Pronto, traigan algo para matarla! Gritó uno de ellos cuando vio la rata gigante.

Alguien trajo una punta filosa y larga y se la enterró varias veces en el cuerpo duro y redondo. Un chorro de sangre saltó y manchó los vidrios, pero la rata seguía viva. Fue necesario que la punta se clavara muchas veces más para que muriera. Para entonces, un grupo numeroso de gente estaba ya junto a nuestra ventana.

Siguió lloviendo. La fuerza del arroyo era tanta, que ya nadie se atrevía a meterse o a cruzarlo. Era probable que ya todas las ratas hubieran salido a la superficie al inundarse todos los conductos que llevaban al albañal. Estarían hambrientas y buscarían alimento en la basura, en las casas. Y se comerían todo lo que encontraran a su paso.

Los muchachos se dedicaron a exterminar a las ratas cuando terminó de llover pero el cambio de dieta les gustó y siguieron apareciendo de vez en cuando aun cuando los canales de drenaje ya no estaban anegados. Quienes las habían visto, juraban que algo extraño estaba afectándolas, pues su tamaño y agresividad eran inusuales.

Con el tiempo nos fuimos todos olvidando de las ratas

Fue el verano siguiente cuando la desaparición de algunos perros de la vecindad desasosegó de nuevo a los inquilinos. Uno de ellos, un perro viejo y muy querido por su dueña, dejó un rastro de sangre desde la casa hasta la alcantarilla. Nadie encontró su cuerpo. La gente culpaba a los muchachos de la esquina. Demasiado alcohol mueve a hacer maldades, decían. Creyendo que lo habían matado por diversión y tirado dentro de la alcantarilla, alguien bajó a buscarlo, pero no halló nada. Pero cuando Fernando, uno de los muchachos que se quedaba hasta entrada la noche bebiendo solo en la esquina, desapareció, el pánico se propagó rápidamente. Sus compañeros de parranda decían que ya tenía tiempo pensando en largarse a Estados Unidos, que con lo que ganaba aquí siempre sería un miserable, así que a pesar del miedo, la gente prefirió pensar que decidió partir sin despedirse.


Las ratas salieron de madrugada aprovechando el silencio nocturno. El alimento que encontraban en los canales de desagüe ya no era suficiente para su tamaño. Treparon por la vecindad y entraron al patio para buscar desperdicios. El ruido que hicieron al tumbar las tinas de lavar y los botes de basura despertaron a todos los vecinos. Cuando encendimos la luz del patio, llenaron el ambiente de pífanos sonidos nerviosos. Yo me asomé por la ventana de la cocina que daba al patio y con terror, vi que eran tan grandes como un hombre. ¡Estaban por todas partes e intentaban entrar enloquecidas al descubrir los olores humanos! Los pelajes y los bigotes hirsutos fosforecían como si fueran de un metal raro bajo la luz del foco, y los ojillos más negros que la noche, se movían con gran rapidez hacia un lado y otro buscando atacar alguna presa. Un vecino envalentonado salió al patio a hacerles frente con su pistola, pero no alcanzó a dispararla. Las ratas, que no eran menos de veinte, se le echaron encima con apetito furioso y lo despanzurraron en un momento. Entonces todo fueron gritos y pavor. Todos cerraron las puertas y las ventanas que daban al patio de la vecindad y colocaron muebles para evitar que entraran mientras alguien llamó a la policía y la ambulancia y cuando llegaron, nos ordenaron salir por puerta que daba a la Babícora. Un equipo de rescate armado rodeó la alcantarilla e iniciaron una serie de maniobras. La policía nos llevó a un refugio provisional mientras exterminaban las espantosas ratas mutantes.

4 comentarios:

spadelosviernes dijo...

Por Dios, qué cuento más espeluznante. Espero la continuación para ver como acabaron con ellas los de la ley... si acabaron.
Besos

el brujo don carlos dijo...

Finalmente, las ratas se convirtieron en empresarios, crearon maquilas y obligaron a las personas a trabajar para ellas...

GEMÓ! dijo...

¿Acaso E.Alan Poe vivió en la calle Babicora?... Elpidia, tu cuento me recordo las lecturas de E.A.Poe. Excelente cuento.

Don Melón de la Huerta dijo...

Este cuento me recordó a una película llamada "La Noche de las Ratas" que fui a ver hace muchos años al cine Variedades, y a otra llamada "Mutantes del año 2000" de nuestro genio del cine de horror sobrenatural, Rubén Galindo Jr. El detalle de ratas mutantes del tamaño de una persona. Son asquerosas, las odio.

Además, me agrada como te das oportunidad de hablar de lo que parecen las "lomas" de nuestra ciudad. No dejaba de pensar en la colonia Galeana, o en la Cementera.