viernes, enero 20, 2006

EN LA JUNTA DE CONCILIACION Y ARBITRAJE

Llegué con 20 minutos de anticipación a mi audiencia programada a las 2:15 PM. La Junta cierra a las 3:00. Se entiende que a esa hora los jugos gástricos deben estar haciendo ya estragos en los estómagos de la gente que trabaja allí. Mientras espero que llegue la hora y para matar el tiempo hablo con un trabajador sentado a mi lado. Él va a firmar un convenio. Le pagarán sólo una parte de lo que le corresponde por ley cuatro años después de haber interpuesto una demanda por despido injustificado. Era supervisor en una maquiladora y tenía veinte años de antigüedad entonces. Ya no trabaja en la maquila; ahora se dedica a la compraventa de automóviles. Va a Estados Unidos y los compra en las subastas, les arregla cualquier descompostura, los “detalla” y luego los vende con ganancia en Juárez. Mejor que en la maquila, me dice. El estrés me estaba matando. Qué curioso, le digo. A mí también. El estrés es un mal común y poco reconocido de quienes tienen puestos de responsabilidad como alcanzar metas de producción y productividad, mantener niveles establecidos de rotación, ausentismo y calidad o administrar departamentos.

Hablo con él y observo a mi alrededor. La secretaria del escritorio no. 3 saca con disimulo unas colonias y los muestra a uno de los abogados. Parecen caras. Él lee la información de las cajas y hace algunas preguntas. No se lleva ninguno y la secretaria los guarda con desilusión en un cajón; ya caerá otro. Un abogado con traje y corbata pasa con una bolsa de chicharrones con su bolsita de salsa picante dentro incluida. Mastica ruidosamente. Ofrece a otros abogados y casi todos meten la mano a la bolsa. El olor a chicharrón de cerdo se esparce por la sal de audiencias.

Mi audiencia va a comenzar y antes de levantarme par acercarme al escritorio, le deseo suerte al ex-supervisor en la suya. Ante el escritorio de la secretaria vende-perfumes están mi abogada; el abogado de la parte contraria, es decir de la empresa; el representante patronal y el representante obrero. También yo tengo cuatro años y dos meses esperando una resolución a mi demanda y aunque ya hay sentencia a mi favor desde hace dos años, esto no termina. El abogado de la empresa empieza a hablar y la secretaria teclea. Toca el turno a mi abogada y también dicta en una jerga que desconozco. ¿En cuál diccionario existe “habiencia”, “actora” o “tercería”? Me concentro todo lo que puedo y escucho a ver qué pudo captar de ese idioma desconocido. La audiencia se alarga y la secretaria se pone ansiosa. Sale a las tres y tiene hambre. Otro abogado pasa con una bolsa que tiene barras de queso de un Kilo. Parece que las vende y está haciendo la entrega. Los compradores son empleados de la Junta. Ponen los quesos en algún cajón del escritorio. Ese lugar parece mercado. Mi abogada interrumpe su argumentación y grita algo a una secretaria que está saliendo. Ella contesta y ambas se carcajean. Yo temo que mi abogada pierda el hilo y se equivoque. Los abogados laboralistas se agarran de cualquier errorcito o descuido de la parte contraria para alargar los juicios hasta el infinito. Es para no pagar a los trabajadores. Para que se cansen y al final desesperados acepten cualquier cantidad. Tiene que releer el acta en el monitor antes de volver a concentrarse y continuar. Yo tenía veintidós años en mi empresa cuando quebró y entonces empezaron a despedir a todos los trabajadores. Inventaron causas falsas para despedirnos sin indemnización. Me cayó como patada de mula. A ninguno de los trabajadores que demandamos se nos ha hecho justicia, pero cuando veo la manera de funcionar de la Junta no me extraña.

Son las 3:15 y la secretaria se levanta y deja la computadora; hace quince minutos terminó su turno. La releva el presidente. Al final imprimen lo que se dictó y firman. Una vez más tendré que esperar pues el tribunal de la Junta tendrá que emitir una resolución al fin de mes. Tal vez la empresa interponga un amparo luego y luego otro, y otro. Los abogados de ambas partes se despiden. Hasta de beso y todo. Salgo de ahí desmoralizada. No sé cuánto tiempo más tendré que esperar.

1 comentario:

Poncho H. dijo...

Siempre se ha escuchado, siempre se ha sabido que entre los abogados, aun cuando sean contrarios en un juicio, siempre seran "compas", "amigos", se pachanguean juntos. Entonces, con seguridad que veran a sus clientes solo como una posible mina de oro en su futuro de ellos, ya sea que el oro venga del trabajador o del patron.

Tampoco queremos que se traten como perros desconocidos, pero que al menos respeten su etica y a su cliente.

Me da tanto gusto que personas como usted Elpidia, sean valientes, descididas y sin pelos en la lengua para decir sus verdades a quien se interponga en el camino de la justicia, a aquel que es corrupto y traicionero, etc.

Adelante con sus denuncias publicas, aun cuando sean atraves de este medio.

Poncho.