miércoles, noviembre 01, 2006

OFRENDA A MIS AMIGOS MUERTOS

Los muertos célebres no necesitan que alguien se acuerde de ellos el Día de Muertos. Sus obras nos remiten siempre a sus nombres, y si no nos acordamos de ellos, algunas calles, escuelas, libros, colecciones y hasta premios aseguran su pervivencia en la memoria colectiva. Estos muertos pueden descansar tranquilos. No importa cuánto hayan padecido, sus legados garantizan esa huella fosilizada de su paso por la existencia. ¿Pero qué hay de aquellos cuyas vidas no fueron tocadas por los destellos de la genialidad? ¿Esos quienes dedicaron todo esfuerzo a la supervivencia y cuyas obras no son otras sino el fruto de su trabajo y la crianza de los hijos? ¿En cuál libro quedarán registrados sus nombres? ¿Quién escribirá sus biografías, contará sus amores, su empecinada lucha por mantenerse incólumes ante los azares de la vida? ¿Y a los desamparados, recordarás tú sus rasgos cuando un mañana fría alguien recoja sus cuerpos en la calle? ¿Al borracho de la acera de enfrente, al limpiavidrios del crucero donde pasas todos los días, al barrendero?

A todos ellos dedico yo este pequeño texto en este Día de los Muertos. A todos de quienes pocos tendrán una imagen en el rincón de los imprecisos recuerdos. Lo dedico a Chacha, por ejemplo. Así le decíamos. Chacha trabajaba de noche en El Chapulín Colorado y por la mañana en la fábrica. A veces había dormido sólo un par de horas y llegaba con las pestañas postizas torcidas en los ojos y el maquillaje de la noche anterior embarrado en su cara marcada de ojeras. Con todo y el cansancio y la resaca, Chacha se traía la fiesta del Chapulín a la línea de producción, donde era supervisora. Siempre me pregunté cómo era capaz de aguantar con los zapatos de tacón alto puestos tantas horas. Tenía la manía de agarrarles el trasero a los muchachos que pasaban a dejar material a los operadores, o a los ingenieros que se acercaban a arreglar algún problema. Luego soltaba unas risotadas cuando se les ponía la cara coloradota de la vergüenza. Los demás nos reíamos también entonces por el atrevimiento. Su estilo para motivar a los empleados era peculiar, pero siempre alegre y dicharachera, como si trajera en las venas la música de la rockola.

— ¡Órale cabrones, chínguenle, no se hagan pendejos! Tenemos que hacer 100 baterías por hora para los gringos.

A pesar de ser de piel oscura, llevaba el pelo teñido de rubio y minifaldas que a su edad, ya no le iban bien. Cuando ya no pudo con los dos trabajos dejó la cantina, pero siguió usando las pestañas postizas de color negro azabache, el pelo güero y el maquillaje reglamentario del bar. Nos dejó su alegría y esa forma de ponerle buena cara a los problemas, su amistad. Por eso cuando después de muchos años enfermó de cáncer, sentimos pena porque se fuera tan así, tan trabajada, sin nada en las manos y con tanto sufrimiento. La última vez que fuimos verla al hospital, escuchamos sus gemidos dolorosos y entramos cuando se calmó. Quién sabe cómo despertó y nos dijo en su lenguaje acostumbrado cuando le hicimos una pregunta estúpida.

— ¿Cómo estás?

— Pos’ mírenme, ahora sí ya me llevó la chingada. Estaba teniendo un sueño tan bonito, ¿por qué me despertaron? Si estaba en un jardín lleno de flores, maravilloso. Yo no quería regresar aquí, quiero seguir durmiendo.

Ya no la volvimos a ver. Su amistad a toda prueba y desfachatez se quedó dentro de cada uno de los que compartimos muchos años de trabajo con ella.

Chacha no fue la única amiga de la maquila que nos dejó a lo largo de 25 años. También lo hizo José Manuel Martínez, mi jefe en el departamento de Calidad, quien fue asesinado de un tiro por un asaltante cuando se resistió. Anastasio, un joven amable, guapo y tierno que no tendría ni veinticinco años cuando murió de alguna enfermedad que no supimos. El señor Ortiz, nuestro contador a quien le dio un infarto en su oficina. Creímos que estaba dormido sobre el escritorio cuando lo descubrimos. También se fue Eduardo, quien además de tener el puesto de Ingeniero, daba clases en una preparatoria. En un fin de semana, llevó a algunos de sus estudiantes de viaje en su van a un poblado cercano, pero un accidente en la carretera le quitó la vida y dejó a sus estudiantes mal heridos. Simón, tal vez el más joven de todos, hacía dibujos a mano alzada para elaborar ayudas visuales, murió cuando sus riñones enfermos de plano se negaron a funcionar. Y mi querida hermana Dora, también supervisora en la misma fábrica, murió aquejada de un cáncer que se la llevó demasiado joven, demasiado pronto.

Descansen en paz mis muertos de la maquila.

La obra de arriba es "Dama en el Jardín" de Claude Monet (1867)

5 comentarios:

Don Melón de la Huerta dijo...
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El Declamador Sin Maestro dijo...

Gracias por compartir las historias de tus amigos y familiares fallecidos con todos nosotros. Parece que son los mismos que conozco, pero con otros nombres, o que alguna vez escuché a alguien mencionar sus historias antes. Sobre todo esa de la Chacha, que nos dejó para seguir soñando con su jardín, o la del señor que sucumbió a los tiros por no dejar que a las "peladas" le arrebataran lo que le costó tanto ganarse. De esta forma, me uno a la pena que debes sentir de echarlos de menos (y quién no), y a la alegría de recordarlos ahí en el jale, día a día, echándole ganas...

Julio Suárez Anturi dijo...

Es toda una vida, Elpidia, que nos deja marcas en el corazón, y algunas cruces. Abrazo.

Pixie dijo...

Many people offer so much in their family in their society.They are heroes but they are not famous.Nobody know what they did apart from the people that they affected.And the struggle of an individual is worth even more than a painting that became famous.
A very powerful text Epidia!
You write so much lately!It must be a creative period for you!

Tlacuiloco dijo...

Siempre da gusto leerte, aú cuando se trate de la muuerte misma.