jueves, agosto 30, 2007

LA FÁBRICA FELIZ

Desde lejos la Fábrica Feliz se parece a cualquier otra de las que hay en esta ciudad. Un gran edificio de una planta con un diseño moderno, funcional. Desde algún lugar alto, pueden distinguirse numerosos aparatos de aire acondicionado en el techo, lo que hace pensar en que los obreros felices realizan sus tareas sin padecer las inclemencias del tiempo. ¡Con lo extremoso que es el clima aquí eso se agradece! Ya quisieran en otros lugares tener fábricas como ésta. El pasto frente de la empresa luce bien cuidado, verde y bien cortado la mayor parte del año.

Para llegar hasta el área de recepción hay que serpentear un caminito cubierto de círculos de piedra en una gama de tonos de café que destaca entre el zacate verde como una boa quiescente. A los lados, grandes macetas de madera rústica rebosantes de geranios de colores muy vivos, hacen pensar que uno se dirige a un apacible hogar más que a un lugar de producción en masa. Arbustos siempreverdes con las frondas cortadas como un cubo, complementan los adornos naturales del frente alegrando la vista al cruzar la reja metálica que rodea la propiedad.

La pintura del edificio y del enrejado de hierro lucen nuevas y los cristales de las ventanas brillantes evidencian un mantenimiento impecable. Los espacios para estacionamiento están debidamente delineados con rayas amarillas y letreros metálicos azules indican los destinados a los visitantes y proveedores. Los demás están identificados con un número único asignado a los trabajadores que tienen carro. No como en otras fábricas menos felices, donde sólo los gerentes tienen su lugar personalizado con su nombre. No, en la Fábrica Feliz no hay distinción de rangos, todos son “asociados”, miembros de una comunidad que trabaja hacia un propósito común que redundará en beneficios para todos.

El nombre de la empresa, extranjero casi siempre, se ostenta en algún lugar visible del muro frontal.

En la parte posterior de la Fábrica Feliz los extractores de humos colocados en fila abarcan toda la pared sur. Las estructuras de lámina galvanizada relucen con el sol como si les sacaran brillo a diario. Resoplidos espaciados se escuchan cada vez que los operarios dentro activan su funcionamiento, entonces lanzan al aire un olor acre que pica la nariz y uno se siente aliviado de que los obreros felices no se preocupan de respirar aire que dañe su organismo.

En cada lado del edificio las puertas de emergencia pintadas de un color verde radiante parecen suficientes para una evacuación en caso de peligro.

Desde lejos pueden verse algunos hombres extranjeros con camisa blanca y corbata que salen a fumar un cigarro, o se dirigen de prisa maletín en mano al estacionamiento.

Dos veces por turno, un timbre ronco y desapacible que anuncia los descansos para comidas se escucha hasta el exterior. Uno puede imaginar a los artífices del trabajo revoloteando agitados entre las líneas de producción para llegar cuanto antes a la cafetería y apurar los alimentos; luego tal vez, si el tiempo alcanza, salir unos minutos y sentir un poco de sol, un girón de viento, y reconocer el magnífico azul único del cielo mientras exhalan hacia él las volutas de sus cigarros y las adivinan confundiéndose con las nubes abullonadas.

Numerosas cajas grises de tráilers alineados descargan las materias primas , a la vez que en otros cargan los productos finales para exportarlos. En la larga cadena productiva, los que completan los productos con sus miles de manos, desconocen las cifras de las ganancias millonarias que se obtendrán del producto de su esfuerzo.

Es verdad que es bueno trabajar en un lugar lindo y seguro, pero entonces ¿por qué los obreros que deberían ser felices, al terminar sus turnos marchan a casa como animales fatigados, cansados por la pesadumbre de la vida, desesperanzados?

Y en la Fábrica Feliz, la mañana siguiente, el sol hace brillar otra vez el césped húmedo, algunas abejas zumban encima de los geranios, el viento limpia el aire enrarecido. Una cuadrilla de trabajadores la barre, riega el pasto y limpia los ventanales. Todo está a punto para empezar un exitoso nuevo día.

2 comentarios:

el brujo don carlos dijo...

¿A poco cambias el título del blog y lo rebautizas "Maquilas felices"? :)

Don Melón de la Huerta dijo...

Vivimos en un mundo de apariencias, al punto de que los trabajadores, quienes al final del día acaban como "animales fatigados" a veces parecen no sentirse útiles ni verdaderos miembros del género humano hasta que entran a ese paraíso al que van a trabajar tan duro, irónicamente.