martes, junio 15, 2010

CAJA ROJA DE HERRAMIENTAS

Esta mañana encontré a Delfino, hasta ayer siempre dicharachero y relajado, llorando a viva voz recargado en una de las columnas interiores de la fábrica. La caja roja con las herramientas en el suelo. Yo iba pasando aprisa en dirección al área donde se reciben los materiales para dar las primeras instrucciones del turno. Impertérritos, algunos lo miraban con lástima sin abandonar sus tareas.

Regresé mis pasos hacia Delfino y lo abracé ante las miradas de decenas de trabajadores. ¿Qué puedes hacer cuando ves a alguien llorar tan desconsoladamente? Así abrazado me lo llevé afuera para que desahogara el sentimiento y para que escondiera la desnudez a la que lo exponía el llanto. Se dejó llevar como un muñeco de trapo hasta un rincón con sombra. Las lágrimas corrían demasiado abundantes para un hombre en sus cincuentas que se les da de duro. Unas manos toscas con las uñas ennegrecidas colgaban inertes a los lados del cuerpo del hombre que ocupaba su tiempo dentro y fuera de la fábrica en manejar herramientas, aceites, gasolinas y solventes. Le quité el desarmador que llevaba sin saber muy bien por qué y ya lejos de las miradas le dije: respire profundo Delfino, recompóngase hombre. Y dígame qué le pasa y si lo puedo ayudar en algo. Escuché mis propias palabras devolvérseme como un eco al estrellarse en la montaña, sin llegar a ningún lado. Mientras se calmaba poco a poco miré el cielo sin nubes y sentí el viento matinal ya caliente. Será un día infernal, pensé.

Con la voz entrecortada se sinceró conmigo:

- ¡Es que de pronto me sentí tan triste! ¡Siento que ya no puedo más!

Yo sabía de qué hablaba y el peso que Delfino cargaba como un condenado y no atiné las palabras de consuelo para un dolor de ese tamaño. Lo encaminé a la enfermería. Tenía la presión alta. Le dieron un calmante y allí lo dejé deseándole que se sintiera mejor pronto.

Una hora después lo encontré con la mirada ausente ajustando una máquina que había fallado, la caja roja con las herramientas a un lado.

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Daniel estaba inclinado bajo el cofre levantado. Maniobraba en el motor del carro intentando quitar una banda que se había roto. Su padre estaba debajo del carro quitando tuercas para quitar una pieza. Los dos arreglan carros después del trabajo en la maquila en la cochera de la casa que usan como taller. Un carro se acercó haciendo rechinar las llantas. Un arma que asomaba escupió en un instante los balazos que se incrustaron en la cabeza y el cuerpo antes de que Daniel pudiera voltear hacia la calle para ver a sus enemigos que dispararon sin bajarse. El padre salió tan rápido como pudo. Corrió y se colgó de una de las ventanillas con el carro en movimiento. Gritó algo inhumano al que blandía la pistola mientras grababa a fuego su rostro en la memoria. Cayó al suelo y los asesinos huyeron. Regresó al taller y colocó al hijo por el que ya no había nada que hacer para que expirara en sus brazos los últimos instantes de sus veintiún años.

5 comentarios:

Ana Bande dijo...

Me gusta leerte para poder ver el mundo que respira dentro de la maquila. Me hice una composición muy ajustada, creo a ese ambiente cargado de dignidad en el que apenas se distingue el llanto del rechinar de una máquina mal engrasada. Que valor el llorar el de este hombre, o que impotencia, en todo caso, un aviso, un recuerdo de que hemos construido ya demasiadas jaulas de hierro en honor de un progreso que no se traduce nunca en felicidad. Creo, Elpidia, que los héroes y heroínas de nuestro tiempo son gente como tú, que se detienen al reconocer la huella de un sentimiento humano y son capaces de detener el inquietante ritmo de los manuales de procedimiento para volver a poner los pies sobre la tierra.

Del segundo texto, sólo espero que sea una pesadilla o una ficción que se te acaba de ocurrir, aunque mucho me temo...Me acuerdo de la Virgen de los Sicarios de Vallejo y también de una carnicería al por mayor.
Un besazo guapetona!

Unamaquila dijo...

Ana, te agradezco muchísimo que te des el tiempo de leer este blog que intenta precisamente obtener instantáneas de lo que los trabajadores sienten y viven dentro de las fábricas en Cd. Juárez. En la primera narración, Delfino sufre y no sabemos exactamente por qué. En la segunda parte, relato el asesinato del hijo de 21 años de Delfino y la razón del dolor de Delfino que a pesar de todo tiene que continuar yendo a trabajar a la maquila. Esta es una historia verdadera. Un beso también para ti y promesa de leer tu blog en los próximos días!

Arevalo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Arevalo dijo...

En la segunda parte no se menciona al protagonista, ni hace falta porque los dos relatos están unidos por un mismo contexto: el sufrimiento, y se sobreentiende la causa.

Mary dijo...

Me gusta mucho el sentido que toman tus relatos con el uso de la onomatopeya.
Siempre es un placer leer tus cuentos, a pesar de la injusticia y dolor que representan, hay un resquicio de esperanza, como en este caso, que el protagonista encuentra quien le brinde comprensión y un abrazo ante una de las mayores penas que puede sentir un ser humano.
Gracias.