viernes, agosto 31, 2007

OBRERAS PASEÑAS EN HUELGA DE HAMBRE

El modelo neoliberal pretende eliminar el desempleo masivo, pero para que pudiera haber un incremento estadístico de dos millones de puestos de trabajo han tenido que desaparecer primero 10 millones y crearse 12 millones, posiblemente fuera de las fronteras nacionales. Es meridianamente claro que los gobiernos, deberían abrir perspectivas vitales a los trabajadores desplazados por el reacomodo global de las fuentes de trabajo y fomentar el desarrollo para evitar la pobreza de los jubilados del futuro.

Sólo en la ciudad de El Paso, en Texas, al otro lado de la frontera con Ciudad Juárez, más de 30000 trabajadores en su mayoría mujeres estadounidenses de origen mexicano con poco dominio del Inglés, han perdido sus trabajos desde que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio (TLC), el 1 de Enero de 1994. Muchas de estas mujeres pertenecen a una organización sin fines lucrativos llamada La Mujer Obrera y ha tomado notoriedad estos últimos días, pues un grupo representativo de la organización ha iniciado una huelga de hambre – que inició el 27 de Agosto y concluirá el 3 de Septiembre - para protestar por la negativa del gobierno de Texas y federal para otorgar fondos destinados a impulsar un proyecto denominado Mayachen, que permitiría a la organización de mujeres adquirir la formación necesaria para hacer artesanías mexicana y promover diversas microempresas. Éste consiste en la ampliación de un restaurante de comida mexicana, un mercado de artesanías con productos provenientes de comunidades indígenas, una guardería bilingüe, la creación de un centro cultural y un centro de capacitación para mujeres desplazadas, pero el Fondo Empresarial del Gobierno del Estado de Texas ni siquiera aceptó recibir los programas presentados por la organización. A cambio, les ofreció empleo en alguno de los 7000 empleos disponibles sin tomar en cuenta que Mayachen es un proyecto ya establecido y en marcha.

Según la directora de La Mujer Obrera, Irma Montoya, la huelga de siete días pretende protestar por el fracaso del TLC entre México, Canadá y Estados Unidos debido al alto índice de desempleo para los trabajadores; denunciar discriminación al acceso a los recursos para el desarrollo para mujeres trabajadoras, y discriminación racial creciente en los trabajos debido a fobia anti-inmigrante.

Si alguien no tenía claro el impacto negativo de Tratado de Libre Comercio, este es un buen ejemplo. Con su cerrazón, el gobierno del El Paso sólo está programando pobreza para estas mujeres con férrea voluntad para trabajar al mismo tiempo que resquebraja las bases del Estado social.

jueves, agosto 30, 2007

LA FÁBRICA FELIZ

Desde lejos la Fábrica Feliz se parece a cualquier otra de las que hay en esta ciudad. Un gran edificio de una planta con un diseño moderno, funcional. Desde algún lugar alto, pueden distinguirse numerosos aparatos de aire acondicionado en el techo, lo que hace pensar en que los obreros felices realizan sus tareas sin padecer las inclemencias del tiempo. ¡Con lo extremoso que es el clima aquí eso se agradece! Ya quisieran en otros lugares tener fábricas como ésta. El pasto frente de la empresa luce bien cuidado, verde y bien cortado la mayor parte del año.

Para llegar hasta el área de recepción hay que serpentear un caminito cubierto de círculos de piedra en una gama de tonos de café que destaca entre el zacate verde como una boa quiescente. A los lados, grandes macetas de madera rústica rebosantes de geranios de colores muy vivos, hacen pensar que uno se dirige a un apacible hogar más que a un lugar de producción en masa. Arbustos siempreverdes con las frondas cortadas como un cubo, complementan los adornos naturales del frente alegrando la vista al cruzar la reja metálica que rodea la propiedad.

La pintura del edificio y del enrejado de hierro lucen nuevas y los cristales de las ventanas brillantes evidencian un mantenimiento impecable. Los espacios para estacionamiento están debidamente delineados con rayas amarillas y letreros metálicos azules indican los destinados a los visitantes y proveedores. Los demás están identificados con un número único asignado a los trabajadores que tienen carro. No como en otras fábricas menos felices, donde sólo los gerentes tienen su lugar personalizado con su nombre. No, en la Fábrica Feliz no hay distinción de rangos, todos son “asociados”, miembros de una comunidad que trabaja hacia un propósito común que redundará en beneficios para todos.

El nombre de la empresa, extranjero casi siempre, se ostenta en algún lugar visible del muro frontal.

En la parte posterior de la Fábrica Feliz los extractores de humos colocados en fila abarcan toda la pared sur. Las estructuras de lámina galvanizada relucen con el sol como si les sacaran brillo a diario. Resoplidos espaciados se escuchan cada vez que los operarios dentro activan su funcionamiento, entonces lanzan al aire un olor acre que pica la nariz y uno se siente aliviado de que los obreros felices no se preocupan de respirar aire que dañe su organismo.

En cada lado del edificio las puertas de emergencia pintadas de un color verde radiante parecen suficientes para una evacuación en caso de peligro.

Desde lejos pueden verse algunos hombres extranjeros con camisa blanca y corbata que salen a fumar un cigarro, o se dirigen de prisa maletín en mano al estacionamiento.

Dos veces por turno, un timbre ronco y desapacible que anuncia los descansos para comidas se escucha hasta el exterior. Uno puede imaginar a los artífices del trabajo revoloteando agitados entre las líneas de producción para llegar cuanto antes a la cafetería y apurar los alimentos; luego tal vez, si el tiempo alcanza, salir unos minutos y sentir un poco de sol, un girón de viento, y reconocer el magnífico azul único del cielo mientras exhalan hacia él las volutas de sus cigarros y las adivinan confundiéndose con las nubes abullonadas.

Numerosas cajas grises de tráilers alineados descargan las materias primas , a la vez que en otros cargan los productos finales para exportarlos. En la larga cadena productiva, los que completan los productos con sus miles de manos, desconocen las cifras de las ganancias millonarias que se obtendrán del producto de su esfuerzo.

Es verdad que es bueno trabajar en un lugar lindo y seguro, pero entonces ¿por qué los obreros que deberían ser felices, al terminar sus turnos marchan a casa como animales fatigados, cansados por la pesadumbre de la vida, desesperanzados?

Y en la Fábrica Feliz, la mañana siguiente, el sol hace brillar otra vez el césped húmedo, algunas abejas zumban encima de los geranios, el viento limpia el aire enrarecido. Una cuadrilla de trabajadores la barre, riega el pasto y limpia los ventanales. Todo está a punto para empezar un exitoso nuevo día.

miércoles, julio 04, 2007

LUCHADORAS: UN CÓMIC SOBRE LOS ASESINATOS EN JUÁREZ


Algunos juarenses podrían pensar que quienes inspiran su arte en el tema de la violencia contra la mujer en Ciudad Juárez son oportunistas. Aun las madres de muchas de las mujeres asesinadas en esta frontera han dicho que están en desacuerdo con que artistas transformen el dolor de las tragedias de sus hijas en productos comerciales. Pero ¿es oportunista el sobrecogerse de espanto no ante un hecho aislado, que los hay en todas partes del mundo, sino a un fenómeno antropólogico aun sin resolverse que duró más de diez años y el sentir la necesidad de gritarlo al mundo en las diversas manifestaciones artísticas? La tragedia ha sido siempre tema fundamental y recurrente en las expresiones del arte. La cadena de asesinatos en Ciudad Juárez ocurridos en aproximadamente diez años desde 1993 fueron el motivo para que Peggy Adam escribiera y dibujara Luchadoras.
El marco donde transcurre la historia del cómic Luchadoras es Ciudad Juárez, este lugar que lamentablemente se convirtió en icono de violencia debido a la impunidad de los crímenes, especialmente los perpetrados contra las mujeres de condición marginal. Quienes estamos familiarizados con los casos que fuimos desgranando horrorizados a lo largo de tantos años reconocemos en la desgarradora historia de Alma - el personaje central de Luchadoras, una cantinera con un novio abusivo y celoso – a los Rebeldes, una pandilla acusada de haber cometido varios de los crímenes; las maquiladoras; Casa Amiga, una organización que denunció los asesinatos e hizo una detallada relación de éstos; el Cerro Cristo Negro y el Campo de Algodón, lugares donde fueron encontradas varias de las muchachas muertas en extrañas circunstancias aun no resueltas; y la banda de los choferes, otro grupo también involucrado en los crímenes. Es claro que Peggy Adam hizo una cuidadosa investigación del asunto para desarrollar Luchadoras.
Todas las historias que se cuentan en Luchadoras están inmersas en la desgracia como predestinación, sin investigación, castigo ni justicia (a pesar de la venganza de Alma), por eso no se comprende el título de la obra ya que no corresponde al derrotismo de sus personajes, apenas objetos volátiles del titiritero que mueve los hilos de su destino. Ni siquiera el amor entre Alma y el fotógrafo extranjero Jean, único rasgo de dulzura de la historia, tiene un final feliz. Por el contrario, Jean hute despavorido ante la alerta de una crimen vengativo en el que no desea verse involucrado. La única lucha que se libra es evitar la muerte ¿igual que en la realidad?
Para los juarenses la historia de Luchadoras es un recuento triste de un pasado reciente que dejó una herida que permanece abierta, tal vez para siempre, como un estigma. Luchadoras se agrega a la ya larga lista de obras que de una u otra forma plasman nuestra realidad.

Peggy Adam tiene 30 años y es de nacionalidad francesa.
Estudió Bellas Artes en Saint-Etienne, estudió también en Toronto y en Angoulême.
Trabaja a menudo para prensa (Libération, Elle) y para publicaciones infantiles (L'École des Loisirs, Mango).
Con su estilo cercano al de Marjane Satrapi, Peggy aborda tanto temas ligeros y frescos (Plus ou moins...le printemps, Editions Atrabile) como temas serios y graves. Siempre actuales.
Luchadoras
Ediciones Sinsentido
14.25 euros en FNAC

sábado, junio 30, 2007

LA MAQUILADORA FRIBO ABUSA DE SUS TRABAJADORES

Los trabajadores de la empresa Fribo, S.A, de Sacatepéquez en Guatemala, denunciaron la serie de abusos a los que los someten sus patrones en clara violación a sus derechos laborales enviando una carta al National Labor Committee (Comité Nacional Laboral), un organismo no gubernamental que ayuda a defender los derechos humanos de los trabajadores en la economía global. De acuerdo a la carta de denuncia de los trabajadores, esta empresa, que se dedica a la confección de prendas de vestir de la marca Daisy Fuentes, una famosa modelo y actriz portorriqueña, maltrata a sus trabajadores como si fueran esclavos gritándoles y humillándoles; roba las deducciones destinadas al Seguro Social dejando a los empleados y sus familias sin prestaciones de atención médica y pensiones; niega a las mujeres el derecho al período de lactancia después de la maternidad; niega atención médica en caso de accidentes de trabajo o enfermedad; obliga a los trabajadores a trabajar 60 horas a la semana; no les paga las horas extras; descuenta horas por minutos de llegadas tarde y despide a los trabajadores sin ninguna indemnización. Además, exponen que las condiciones laborales son deplorables, pues no hay agua purificada, papel de baño ni jabón, ni sillas en suficiente cantidad y tampoco hay comedor para tomar los alimentos.
Por estos vergonzosos abusos, la cadena Kohl´s, que vende la línea de ropa de Daisy Fuentes en exclusiva, ha retirado la ropa de sus tiendas. Kohl´s ha declarado que compra la ropa a través de P.A. Group, quien a su vez declaró que le preocupan las denuncias de los abusos a trabajadores guatemaltecos y que confía en convencer al dueño de la fábrica, un surcoreano, en mejorar las condiciones laborales.
Es increíble que las autoridades guatemaltecas permitan estos abusos en las maquiladoras extranjeras en su país y que los trabajadores tengan que recurrir a organismos internacionales como el National Labor Committee para que su voz sea escuchada. Es también lamentable que los propios guatemaltecos a cargo de la empresa sometan a sus connacionales a métodos salvajes y violen las leyes para favorecer a una empresa que paga 25 centavos de dólar a sus empleados por cada blusa que cosen que luego son vendidas hasta en 38 dólares cada una en Estados Unidos. Es preocupante que las empresas en la cadena de producción se laven todas las manos y solamente “confíen” en que el dueño de la maquiladora pueda mejorar las condiciones y frenar los abusos.
Esta es la realidad que enfrentan muchas maquiladoras.
En Guatemala y en el mundo.
Lee la carta de los trabajadores aquí:http://www.nlcnet.org/article.php?id=347

jueves, junio 28, 2007

BREVE HISTORIA DE LAS MAQUILADORAS EN CIUDAD JUÁREZ

Este blog estaría incompleto si careciera de una buena referencia sobre la historia de las maquiladoras en Ciudad Juárez. De los documentos dispersos que se pueden localizar en la red de Internet, hay uno desarrollado por la Maestra Guadalupe Santiago Quijada, del Departamento de Historia de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) donde hace una cuidadosa relación de los orígenes allá por 1965 y posterior desarrollo de la industria; las diferentes épocas de crisis por las que ha atravesado y el impacto que éstas han tenido sobre la fuerza laboral juarense. Recomiendo la lectura de este documento a todos aquellos interesados por conocer con mayor detalle la historia de las maquiladoras. Aquí enlazo el URL http://docentes.uacj.mx/rquinter/cronicas/maquilas.htm del sitio Ciudad Juárez, Cronología del siglo XX, que además contiene otros artículos sobre la historia de Ciudad Juárez apoyados en investigaciones que han realizado académicos de la UACJ.

martes, junio 19, 2007

MI VIDA EN JUÁREZ



Un fragmento del siguiente texto fue seleccionado para formar parte de una antología representativa de los textos participantes en el concurso Mi Vida en Juárez, donde sólo participamos mujeres juarenses. La Editorial Porrúa es la responsable de su próxima publicación este mismo año.

Después de leer el diario del domingo me quedo con la idea de que Juárez es un eructo pestilente, una cloaca que recibe las inmundicias de muchos desagües y me pregunto hasta dónde su descomposición ha penetrado en mi espíritu.

Apenas amanece y después de un café enciendo el viejo carro y enfilo hacia el Poniente. Es una mañana clara y aunque no ha terminado el invierno, no hace frío. Los vientos de los días pasados se llevaron la espesa capa ennegrecida de humo, por eso puedo ver claramente los contornos grises de los cerros. Desde el punto donde estoy está el Cerro Bola a mi izquierda y junto a él, el que le dicen Cerro del Águila; a su derecha, uno más que no sé si tenga nombre. Su cima achatada se ve aun mejor que las de los otros y se distinguen las casitas salpicadas hasta la mitad de su altura. Su letrero “LA BIBLIA ES LA VERDAD, LÉELA” en gigantescas letras blancas se lee desde cualquier punto aunque no quiera uno. Es feo, y delata la ingenuidad de quienes a falta de esperanzas fincadas en bases reales, apaciguan sus temores y anclan sus sueños en la invisibilidad de su fe.

Hoy me levanté con el impulso de hacer un recorrido por los lugares que me traen recuerdos para hacer un breve repaso de mi vida en esta ciudad, como volver atrás las páginas de un libro para intentar aprehender la esencia de lo leído. Por eso subí al carro y aquí voy, esquivando el nervioso tráfico de las ocho de la mañana. Ciudad Juárez ha moldeado mi ánimo y me ha dejado un regusto amargo. Creo que en parte es por la aridez de la tierra que cada año se levanta en airadas tolvaneras que pueden durar semanas. El viento entonces se adueña de todas las flautas y sopla una melodía inquietante mientras la arena penetra en los intersticios cubriendo todo y dejando un paisaje lunar. Por eso en el juego de naipes de mis sueños, a veces aparece uno que me lleva a ese paraje solitario donde sólo me acompaña el ulular triste del viento. En parte también porque Juárez es una encrucijada donde se arremolinan demasiadas ambiciones, como una alcantarilla donde abundan alimañas que se aniquilan unas a otras. Enterarse a diario de las muertes de la vorágine de este lugar no es música para el alma.

Por fin llego a una de las colonias donde viví en mi infancia cerca del Panteón Tepeyac. La casa estaba sólo a pocos metros del panteón y por eso mis hermanos y yo jugábamos entre las tumbas. Yo me ponía a leer los nombres y los epitafios en las lápidas y me gustaba recorrerlas todas para ver cuál era más bonita. Algunas tenían fotografías de los que habían muerto y me entretenía viéndolas. Si la imagen parece lúgubre, entonces a mí no me lo parecía. A los siete años la muerte no tiene un significado preciso. De hecho, quizás fue la época que más disfruté la fantasía de ser niña. También jugábamos en La Piedrera, muy cerca del panteón. La Piedrera era un molino de piedra a donde llevaban rocas grandes de todos colores y texturas para partirlos en trozos más pequeños según los pedidos de los clientes. Alrededor del molino había montículos rojos, blancos, amarillos que nos sobrepasaban en altura y era divertido subirse a ellos y tener la sensación de estar en las alturas contemplando un paisaje multicolor; o jugar a las escondidas alrededor de ellas. Un disco de fierro abandonado, con el eje clavado en la tierra - tal vez en otros tiempos parte de la maquinaria del molino - nos servía como tiovivo al que mientras uno hacía girar, otro se sentaba en él para dar vueltas y más vueltas hasta marearnos y reír como pequeños ebrios de alegría.

¿Cuándo se acabó la fantasía que me hizo enfrentar una realidad para la que no estaba preparada? ¿Será tal vez cuando fui con mi madre al centro y al dar la vuelta en una esquina una imagen me estremeció? Ahí, sentado sobre un trozo de cobija estaba un hombre cuya parte superior del cuerpo era normal, pero sus piernas, que se convulsionaban sin control y descubiertas a propósito para despertar compasión, eran del tamaño de las de un bebé. Pedía limosna con una lata en la mano. Después del susto pregunté a mi madre y me dijo que había personas así en el mundo. Entonces supe que existía el sufrimiento, la pobreza, la deformidad y sentí que una parte de mi inocencia escapaba para siempre. ¿O será cuando mi padre abandonó el hogar dejándonos a mi madre y siete hermanos a la deriva? De ahí en adelante la miseria se apoderó de nosotros como una ladrona y ya no se apartó hasta que nos torturó las entrañas con el hambre y dejó que el invierno nos helara los cuerpos y las almas. Todo eso nos dejó marcas como de estigma y yo nunca más volví a disfrutar la infancia.

Pensando en estas cosas no me di cuenta que la luz verde del semáforo encendió y el que iba en el carro de atrás lanzó un insulto a mi madre. Tomo la Avenida Insurgentes hasta la Avenida de la Raza, después la Juárez-Porvenir para entrar al Parque Industrial Bermúdez y paso por la primera maquila en que trabajé cuando cumplí los quince. A esa edad no es fácil acostumbrarse a una jornada de trabajo completa y a la disciplina de un horario. Detengo el carro y miro el edificio que me trae recuerdos de otros tiempos más difíciles. Adentro pasé muchos años de mi vida. Suena un timbre y salen los obreros a desayunar, la mayoría son muy jóvenes y ya llevan el peso de una dura responsabilidad. Muchos de ellos ya son padres o madres y eso complica aun más la vida.

Trabajé en maquiladoras treinta años. Las cosas para los obreros han mejorado en todo este tiempo. Ahora hay autobuses que van a todas las colonias – no como antes - y uno puede ver a las horas de entrada y salida de los trabajadores cientos de autobuses polícromos en procesión hacia los parques industriales acelerando para llegar a tiempo. El chirriante barritar de sus frenos desvencijados se deja escuchar cada vez que la luz de los semáforos se pone en rojo. En el centro, miles de trabajadores con batas de trabajo de colores también, que las empresas les dan para diferenciar sus puestos, se arremolinan como hormigas para subir o se desperdigan en desbandada al bajar de los autobuses.

La maquila logró que mi economía mejorara hasta que la empresa quebró y para no pagar las indemnizaciones de acuerdo a la ley, inventaron razones para despedir a todo el personal. Fue un golpe bajo. No nos pagaron ni la última semana trabajada. De pronto me encontré en la calle con cuarenta y cinco años, una edad que no cumple los criterios de contratación de las maquilas, que te condena a una pensión raquítica y a pasar de hábil empleado a vendedor de burros o de productos Avon. Doy una vuelta más por el parque mientras las volutas de mis recuerdos hacen círculos y se elevan hasta desaparecer.

De camino al Centro por la Avenida Ribereño volteo hacia el Bravo, en otros tiempos de aguas caudalosas y protagonista de películas del Oeste. Allí donde miles de mexicanos de todo el país se cruzan arriesgando la vida todos los días. Ese río que ya no es, es el culpable de la maldad que nos invade, la tenue línea que nos separa del otro mundo que es mejor y a donde todos quieren irse: a trabajar, a vender drogas, a huir, a conseguir papeles de americano, unos llevan, otros traen y muchos mueren en el intento. Me viene a la memoria esa vieja canción: “Ahí yo me moriré, a la orilla del río…”

Recorro las calles hasta llegar al mercado en el centro. ¡Qué bullicio! Los olores de muchas comidas mezcladas con los olores del drenaje y del smog flotan, hieren las fosas nasales y llegan revueltos como amasijo a mi estómago vacío hasta provocar náuseas. La gente cruza descuidadamente y la plaza frente a la catedral está inundada de todo tipo de personajes: los que piden o venden algo, los que pasan, los que miran, los que tienen la cabeza baja, los que sólo están por estar. Con los años y los nuevos centros comerciales, el antiguo centro se desmorona como un viejo abandonado a su suerte.

Mientras tomo la Vicente Guerrero en dirección Oriente para regresar a casa pienso que no todo lo que la vida en la frontera me ha dejado es malo con todo y su hervidero de problemas. El puñado de los valores más importantes que me inculcaron mi madre y algunos de mis maestros me acorazaron para aguantar las embestidas de la vida a pesar de la descomposición que me rodeaba. Los sinsabores personales han sido compensados por tiempos breves pero intensos y plenos de felicidad. La disciplina de un trabajo duro y las cosas que aprendí me hicieron luchar por mejores puestos y me prepararon para competir. A pesar de las terribles pérdidas de mujeres, hombres y niños por la violencia familiar, la ignorancia, el narcotráfico, la drogadicción, el alcoholismo, la inseguridad, la impunidad, o todo ello, puedo ver a través de la niebla a aquellos que como yo luchan todos los días por dignificar su existencia y valoro a los juarenses que intentan permanecer erguidos con la cabeza fuera de la mierda.

jueves, mayo 17, 2007

MAQUILADORAS RECIBIRÁN CURSOS DE EQUIDAD



El Diario de Juárez publica hoy una nota muy positiva para las trabajadoras de la maquiladora: La presidenta de la AMAC (Asociación de Maquiladoras A.C., Sandra montijo Dubrule y la directora interina del Instituto Chihuahuense de la Mujer, María Isela Lozoya Velo firmaron un convenio de colaboración para impartir cursos de cultura sobre equidad, género, salud, educación, violencia familiar, autoestima, nutrición y desarrollo humano a obreras de la maquiladora. De acuerdo con la nota, estos cursos tienen como objetivo “promover un adecuado conocimiento sobre equidad y género, y además ordenamiento en la materia” “… divulgar y aumentar el conocimiento de las mujeres del sector maquilador, de acuerdo a un calendario anual e actividades establecido por ambas instituciones”.

Aplaudo a Sandra Montijo esta iniciativa que está alineada con los objetivos que se trazó cuando fue elegida como presidenta. Creo que es la primera vez que la AMAC arranca un proyecto de esta naturaleza.

¿Pero qué es la Equidad de Género? No vendría mal repasar la definición de Equidad de Género según la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal:

¿Qué es la equidad de género?

Dar a cada quien lo que le pertenece, reconociendo las condiciones o características específicas de cada persona o grupo humano (sexo, género, clase, religión, etnia y edad). Reconocer la diversidad sin que ésta signifique razón para la discriminación. La equidad se sitúa en el marco de la igualdad, abandera el tratamiento diferencial de grupos para finalizar con la desigualdad.

Es un instrumento para acercarse a mirar la realidad, poniendo en cuestión las relaciones de poder que se establecen entre varones y mujeres y en las relaciones sociales en gene. Es un marco conceptual, una metodología de interpretación y un instrumento crítico de análisis que

* orienta las decisiones,

* amplía y cambia la mirada,

* permite reconstruir conceptos, analizar actitudes para identificar los sesgos y los condicionamientos de género y encarar, luego, mediante el diálogo, su revisión y modificación.

Me parece entonces que estos cursos y seminarios deberían estar orientados por igual a las mujeres y a los hombres, que han sido víctimas y victimarios de esta mal de “falta de equidad”; a los representantes de los patrones, quienes a través de sus reclutadores de personal, violan continuamente los derechos de equidad al imponer restricciones de todo tipo durante la contratación (edad, sexo, apariencia, embarazo); al personal encargado de administrar personal (supervisores y gerentes), quienes muchas veces dan un trato laboral distinto a sus trabajadores por razones diversas, etc.

Conclusión: El conocimiento que puedan recibir las obreras sobre sus derechos no garantizará que los obtengan, si quienes se aseguran de que éstos sean llevados a la práctica los ignoran. Mientras que no se incluya a toda la estructura organizacional del sector maquilador, no se podrá construir una cultura de respeto, tolerancia y no discriminación. Ojalá que haya una continuidad de este proyecto en este sentido.

miércoles, mayo 16, 2007

LAS RATAS DE LA CALLE BABÍCORA

Lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en la calle Babícora, son las ratas que salieron de la alcantarilla cierto año que llovió mucho. Eso, y las densas nubes de polvo que se levantaban del suelo por la falta de asfalto, cada vez que pasaban los carros. Las promesas del ayuntamiento para asfaltar la calle se renovaban cada época de elecciones, y hasta enviaban a los topógrafos y a las máquinas emparejadoras, pero inexplicablemente los trabajos se suspendían una vez elegido el alcalde. No importa cuánto se limpiara, lo seco del suelo hacía que la tierra se desprendiera como un talco fino que mantenía todas las cosas dentro de las casas cubiertas siempre por una delgada capa de tierra.

La parte superior de la alcantarilla en mitad de la calle, se elevaba grotescamente casi un metro encima de su nivel por los deslaves que el paso del agua dejaba en época de lluvias.

Los muchachos del barrio, recién terminaban la primaria, o si acaso un año o dos de secundaria, dejaban de ir a la escuela. Unos, hijos de madres solteras demasiado ocupadas en sus trabajos para vigilar su educación, por encontrar mayor deleite en la vagancia; otros, porque en algo tenían que trabajar para ayudar con el gasto familiar. Albañiles, vendedores de verduras, pintores de “brocha gorda”, ayudantes de mecánicos, eran algunos de los oficios que realizaban. Por las tardes, cuando ya habían vuelto de sus trabajos, muchos se juntaban en la esquina de la vecindad de Doña Anita, donde yo vivía. Un conjunto de diez departamentos de una sola planta unidos por un patio común, donde estaban los baños, los lavaderos de ropa y los tendederos. Se compraban una caguama, que metían en una bolsa de papel para ocultarla mientras se la pasaban uno a otro para tomarla a “pico de botella”, y hablaban de lo poco que pagaban en el trabajo, de lo dura que estaba la vida, de sus planes para irse al otro lado, mientras miraban pasar a las muchachas. Un litro de cerveza entre varios no duraba mucho. Si era de día de pago, compraban más y entonces la plática se alargaba hasta que oscurecía. La calle era preferible a estar en las casas, demasiado pequeñas y con demasiados ocupantes.

El verano echaba a la gente de las casas de la vecindad. Cualquier lugar era mejor que esas minúsculas celdas de dos habitaciones sin aire acondicionado. Por las tardes, una sinfonía de tonos naranjas y rojizos, como los de un fuego que se muere y que alguien ha olvidado atizar, dibujaban en el horizonte cada día un paisaje diferente, en competencia con el del día anterior. A esa hora, las señoras sacaban el televisor a la banqueta, que colocaban en una silla, para ver la telenovela de moda con las vecinas y de cuando en cuando, para matar el aburrimiento, organizaban también juegos de lotería en los frentes de sus casas. Entonces sacaban una mesa, una extensión eléctrica con un foco, que colgaban de un clavo en lo alto de una pared y cada quien se traía su silla de su casa. Mejor se estaba en la acera recibiendo adventicias brisas refrescantes que dentro, soportando el sofoco.

Mientras, los niños jugaban al fútbol en las polvorientas calles. Cuando pasaban los carros, paraban el juego y se hacían a un lado; esperaban un poco a que se disipara la polvareda y luego, ponían la pelota justo donde estaba antes de la interrupción y reanudaban el juego. Terminaban sudorosos, con los zapatos y piernas cubiertos de tierra seca, blanquecina. La tierra pegada a la frente, les escurría con el sudor dejándoles la cara chorreada de mugre. Cuando se acercaban a jugar a la lotería, todavía jadeantes de tanto correr, desprendían un tufo a sudor húmedo y caliente.

Había pocas cosas que alteraban el ritmo de vida del barrio. A veces, si los atrapaban bebiendo en la calle, las redadas de la policía se llevaban a los muchachos. Las madres entonces lloraban y se quejaban de que los muchachos no habían hecho nada. De vez en cuando, los fines de semana, algún inquilino alcoholizado la emprendía a golpes contra su esposa y todos los vecinos se enteraban de los dimes y diretes que se lanzaban a gritos, pues todo se escuchaba en la vecindad. Nadie intervenía porque al pasar los días, la señora con los ojos morados y el hombre con cara de estar aun recuperándose de la resaca, andaban muy sonrientes y cariñosos como si no hubiera pasado nada.

Lo más llamativo en varios años fueron aquellos titulares en los diarios: Cargamento de drogas sintéticas robado en las narices de la policía. Buscan responsables en la calle Babícora. Entonces arreciaron las redadas y los muchachos dejaron de juntarse un tiempo en la esquina para tomarse sus cervezas. Nadie supo si el cargamento fue encontrado y las noticias ya no volvieron a recordar el asunto.

En la época de lluvias, por allá por el mes de Julio, la calle Babícora, ancha como una avenida, se convertía en un arroyo incontenible. Como estaba en pendiente y tenía su origen en uno de los cerros cercanos, la corriente era tan fuerte que era peligroso querer cruzarla si había llovido mucho. Los niños nos acercábamos con cierta emoción por el peligro, fascinados por ese torrente chocolatoso que arrastraba al pasar perros muertos, muebles, llantas y toda clase de basura. Por diversión y sin medir el peligro, algunos niños se agarraban de las manos para formar una cadena y pasar incólumes al otro lado. No faltaba alguno que otro que tropezara y se diera un buen susto, o que se hiciera una cortada en un pie con algún trozo de vidrio. Alrededor de la alcantarilla, el agua borboteaba con mayor violencia.

En cierta ocasión, las lluvias fueron más intensas de lo normal y el agua rebasó el sistema de drenaje al grado que las alimañas que vivían en el albañal tuvieron que salir a la superficie. Pronto una invasión de ratas gigantes infestó el barrio. Atraídas por el calor y los desperdicios de comida descompuesta en la vecindad, que estaba a pocos metros de la alcantarilla, empezaron a merodear por las casas. Quienes las habían visto, aseguraban que tenían el tamaño de un gato grande. Otros dijeron que hasta el de un perro. Todos estábamos temerosos, pues había rumores de que en un barrio cercano, una madre había encontrado a su niño muerto al amanecer. Por la noche, una, o varias ratas hambrientas lo usaron como alimento mientras dormía, decían.

La gente hablaba de que una mordida por leve que fuera, podía transmitir la rabia. El miedo colectivo era evidente.

Una noche calurosísima, rato después de apagar las luces y cuando intentaba dormir sin conseguirlo, escuché ruidos extraños en la casa. Al principio, decidí no poner atención pero en cuanto recordé todas las historias que la invasión de ratas estaba provocando en el barrio, me incorporé presurosa temiendo que fueran a atacarme. Mis hermanos y mi madre ya estaban dormidos. Concentré toda mi atención en los ruidos para escuchar de dónde provenían y entonces me di cuenta de que una espantosa rata estaba intentando entrar por la ventana, pero quedó atrapada entre las barras de la reja metálica y el vidrio, por lo que no podía salir ni entrar. Pegaba chillidos de desesperación y arañaba el vidrio con sus garras buscando una salida. Espantada, observé cómo su silueta se perfilaba en la ventana al darle la luz del foco exterior. ¡Era enorme! Mayor que el gato más grande de la vecindad. El pelambre grueso y brillante la hacía más repulsiva todavía. Presa de pánico, empecé a gritar con todas mis fuerzas y pronto, todos despertaron y también gritaban. Mi madre, corría de un lado a otro sin saber qué hacer y gritaba también. Encendió la luz. Finalmente, los muchachos que se juntaban en la esquina, que todavía estarían tomando cerveza, se dieron cuenta del escándalo y se acercaron a la ventana.

¡Pronto, traigan algo para matarla! Gritó uno de ellos cuando vio la rata gigante.

Alguien trajo una punta filosa y larga y se la enterró varias veces en el cuerpo duro y redondo. Un chorro de sangre saltó y manchó los vidrios, pero la rata seguía viva. Fue necesario que la punta se clavara muchas veces más para que muriera. Para entonces, un grupo numeroso de gente estaba ya junto a nuestra ventana.

Siguió lloviendo. La fuerza del arroyo era tanta, que ya nadie se atrevía a meterse o a cruzarlo. Era probable que ya todas las ratas hubieran salido a la superficie al inundarse todos los conductos que llevaban al albañal. Estarían hambrientas y buscarían alimento en la basura, en las casas. Y se comerían todo lo que encontraran a su paso.

Los muchachos se dedicaron a exterminar a las ratas cuando terminó de llover pero el cambio de dieta les gustó y siguieron apareciendo de vez en cuando aun cuando los canales de drenaje ya no estaban anegados. Quienes las habían visto, juraban que algo extraño estaba afectándolas, pues su tamaño y agresividad eran inusuales.

Con el tiempo nos fuimos todos olvidando de las ratas

Fue el verano siguiente cuando la desaparición de algunos perros de la vecindad desasosegó de nuevo a los inquilinos. Uno de ellos, un perro viejo y muy querido por su dueña, dejó un rastro de sangre desde la casa hasta la alcantarilla. Nadie encontró su cuerpo. La gente culpaba a los muchachos de la esquina. Demasiado alcohol mueve a hacer maldades, decían. Creyendo que lo habían matado por diversión y tirado dentro de la alcantarilla, alguien bajó a buscarlo, pero no halló nada. Pero cuando Fernando, uno de los muchachos que se quedaba hasta entrada la noche bebiendo solo en la esquina, desapareció, el pánico se propagó rápidamente. Sus compañeros de parranda decían que ya tenía tiempo pensando en largarse a Estados Unidos, que con lo que ganaba aquí siempre sería un miserable, así que a pesar del miedo, la gente prefirió pensar que decidió partir sin despedirse.


Las ratas salieron de madrugada aprovechando el silencio nocturno. El alimento que encontraban en los canales de desagüe ya no era suficiente para su tamaño. Treparon por la vecindad y entraron al patio para buscar desperdicios. El ruido que hicieron al tumbar las tinas de lavar y los botes de basura despertaron a todos los vecinos. Cuando encendimos la luz del patio, llenaron el ambiente de pífanos sonidos nerviosos. Yo me asomé por la ventana de la cocina que daba al patio y con terror, vi que eran tan grandes como un hombre. ¡Estaban por todas partes e intentaban entrar enloquecidas al descubrir los olores humanos! Los pelajes y los bigotes hirsutos fosforecían como si fueran de un metal raro bajo la luz del foco, y los ojillos más negros que la noche, se movían con gran rapidez hacia un lado y otro buscando atacar alguna presa. Un vecino envalentonado salió al patio a hacerles frente con su pistola, pero no alcanzó a dispararla. Las ratas, que no eran menos de veinte, se le echaron encima con apetito furioso y lo despanzurraron en un momento. Entonces todo fueron gritos y pavor. Todos cerraron las puertas y las ventanas que daban al patio de la vecindad y colocaron muebles para evitar que entraran mientras alguien llamó a la policía y la ambulancia y cuando llegaron, nos ordenaron salir por puerta que daba a la Babícora. Un equipo de rescate armado rodeó la alcantarilla e iniciaron una serie de maniobras. La policía nos llevó a un refugio provisional mientras exterminaban las espantosas ratas mutantes.

lunes, mayo 14, 2007

MUERE TRABAJADOR DE MAQUILA EN ACCIDENTE


Headquartered in Red Bank, NJ, Ansell Healthcare is the world's largest manufacturer of protective gloves and clothing, providing leadership in the areas of development, design, manufacturing and marketing. Ansell has led the personal protective equipment industry with "Ideas that Fit™" for more than 100 years. Our comprehensive safety solutions and product innovations have helped manufacturers across a wide range of industries reduce worker injuries and boost productivity.

Con esta declaración, abre el sitio web de la empresa Ansell.

El sábado 12 de Mayo apareció en el Diario de Cd. Juárez la noticia de una espantosa tragedia. El técnico de mantenimiento Héctor Joel Pérez Helguera, con siete años de antigüedad en la maquiladora Ansell- Edmont y de 42 años de edad, murió como resultado de las heridas producidas que le ocasionó una máquina robotizada que intentaba reparar. La nota indica que la máquina lo golpeó en la cara y pecho tan fuerte que le fracturó todas las costillas, colapsó y desgarró sus pulmones, hígado, corazón y otros órganos. Murió no mucho después de llegar al hospital por un shock hipovolémico. Los directivos de la empresa declararon que realizarían una profunda investigación del accidente a la vez que expresaron sus condolencias a la familia del trabajador, quien deja a su esposa Alejandra Ramírez de Pérez y dos hijos, Itzel y Abraham de 13 y 14 años respectivamente.

Es probable que nunca lleguemos a saber si la muerte de Joel se debió a una imprudencia de su parte, como por ejemplo una falta de seguimiento a los procedimientos de operación de la máquina, o a una falla grave en los sistemas de seguridad de Ansell-Edmont. Sin embargo, sería aconsejable que la empresa informara a la opinión pública sobre los resultados de su investigación del accidente. La comunidad de Cd. Juárez está compuesta en gran parte por trabajadores de empresas maquiladoras y es responsabilidad de éstas ofrecer ambientes seguros que eviten accidentes laborales. Cuando alguien muere como resultado de una práctica insegura, lo menos que esperaríamos es que los demás trabajadores de la empresa involucrada realicen su trabajo con la confianza de que no tendrán un accidente que ponga en riesgo sus vidas. Y el personal de las casi 250 plantas industriales de la ciudad, tendría la certeza de que las maquiladoras y los organismos gubernamentales que vigilan la observancia de las leyes en materia de seguridad, valoran la vida de los trabajadores mexicanos por encima de las utilidades y los trámites burocráticos.

Las preguntas específicas que quedan en el aire son: ¿Tenía la máquina una guarda al momento de operarla Joel? ¿Tiene Ansell-Edmont un Programa Lock-Out/Tag Out que garantiza el corte de energía y la colocación de candados antes de cualquier reparación? ¿Por qué no funcionó? ¿Realizaba la Comisión de Seguridad e Higiene auditorías efectivas al programa? Si la causa fue que Joel no siguió los procedimientos, ¿qué medidas implantará Ansell para que una máquina tan peligrosa desconecte su energía automáticamente cuando alguien intente repararla?

Sería paradójico que la seguridad en la empresa más grande del mundo que se dedica a la fabricación de guantes y vestimentas de protección sea tan poco estricta en sus medidas internas. Ha muerto un trabajador, eso es muy grave. Señores, Juárez espera sus respuestas.

Mi sentido pésame a la familia de Héctor Joel Pérez Helguera.

lunes, mayo 07, 2007

SUPER MAQUILA FRACASA

Sentada ante su escritorio, Super Maquila lee un montón de papeles. Desde su primer día como la heroína de los trabajadores, varios de ellos se acercaron y le entregaron notas escritas a mano, donde garrapatearon con rapidez sus quejas. Otros, escribieron un número telefónico. “Llámame”, decían.

- Lo que ocurre en esta empresa es grave, reflexiona. Este patrón se burla de los derechos de los trabajadores. ¿Pero cómo es posible que ellos no digan nada? Es absurdo. A veces creo que se merecen lo que les pasa. ¡No se puede ser tan ingenuo!

Se trataba de una empresa pequeña. Pero en cuestión de respeto a los derechos obreros, el tamaño no importa. Todo negocio debe acatar la Ley Federal del Trabajo. En el caso de Pantalones Perfect Shape, el patrón contrataba a los trabajadores de palabra. Es decir, no existían, por lo que la empresa no estaba obligada a cumplir con los compromisos usuales. Cerca de cien obreros engañados, creyeron en la palabra de Tomás Meraz cuando les dijo que les pagaría el doble del salario mínimo vigente, siempre y cuando cumplieran con los estándares de producción y calidad y no tuvieran faltas. Uno a uno fueron cayendo en la trampa. Cuando ya tenían dos o tres meses laborando, conocieron las verdaderas intenciones de Tomás.

Cuando Super Maquila llamó a Federico, uno de los trabajadores, le contó la conversación que tuvo con su jefe no hacía mucho.

- Pasa Federico y siéntate. Seré breve. Sólo quería decirte que como llevas tres retardos en la semana, te descontaré cien pesos. ¡Además, mira qué pinta llevas! Por usar pantalones de cholo también te voy a rebajar otros cien pesos. Esta es una empresa de prestigio, y hay que mantener una buena imagen.

- Pues es que me hubiera dicho eso cuando empecé a trabajar. No sabía que tenía que vestir de cierta manera. Y en cuanto a los retardos, no fueron más de diez minutos y luego los repuse al terminar el turno.

- Bueno, pues ya lo sabes. Si no quieres que se te descuente lana, llega temprano y ¡vístete decentemente, hombre!

- Creo que se me empieza a llenar el hígado de piedritas, refunfuña Super Maquila. Vamos a ver esta nota de Martha Luz Loera.

- ”Super Maquila, soy la secretaria de Pantalones Super Shape. Tomás Meraz nos obliga a quedarnos hasta muy tarde. No nos paga tiempo extra y nos rebaja dinero por cualquier cosa. El otro día me dijo que me descontaría cien pesos por usar pantalón de mezclilla – él quiere que use falda siempre –, otros cien por una falta que tuve, y doscientos por no venir el sábado. ¡No es justo, casi no me quedó nada! Ayúdanos, por favor”

- ¡Esto es el colmo! ¿Qué clase de fulano es éste? En qué colonia sub-sahariana piensa que contrató a estas gentes. Si no les paga el salario que prometió, mucho menos Seguro Social, utilidades, aguinaldo, vacaciones, incapacidades. ¡Es hora de que Super Maquila vaya a poner en alto el nombre de la justicia!

Cuando llega a Pantalones Super Shape, entra como bólido a la oficina de Tomás Meraz y da un portazo.

- ¿Super Maquila?

- ¡Ajá! Veo que me reconoces, granuja. Y tú debes ser…¡no me lo digas! ¿Pedazo de Zoquete? ¿Gusano inmundo? En fin, qué más da. Perdona que omita darte la mano, es que odio la hipocresía. Quería decirte que con tus trampas te has puesto la soga al cuello tú solito.

- ¿De qué estás hablando luchadora de pacotilla?

- Mira, Tomás, no finjas demencia ni te hagas el occiso. Conozco tus métodos de contratación y pago de salarios. ¿Crees que te harás millonario escabulléndote de tus obligaciones patronales? ¡Escamoteas los ya de por sí miserables salarios de tu gente! ¿Cómo esperas que sobrevivan?

- Lárgate de aquí, ridícula. ¡No puedes hacer nada contra mí! No tienes pruebas.

- Por lo pronto puedo hacer algo que te va a doler mucha sabandija.

Super Maquila practica con Tomás su repertorio de artes marciales coreanas durante un buen rato, sin que éste pueda ni reaccionar. Potentes puñetazos y patadas lo dejan maltrecho sobre el suelo de la oficina lleno de papeles.

Antes de irse, Super Maquila se inclina para asegurarse de que Tomás la escucha a pesar de estar casi inconsciente.

- ¡Nos vemos en la Junta de Conciliación, rufián! ¡Tendrás que vender tus propiedades para poder pagar tus deudas a los obreros y quedarás en la ruina! ¡Así, igual como tienes a tus trabajadores!

Luego entra a la planta de producción donde ya la esperan los empleados, atraídos por el escándalo en la oficina.

- ¡Escuchen! Afuera tengo un autobús que los llevará a una fábrica decente. De las que se puede confiar en que pagará los salarios conforme a la ley. Y por favor ¡no vuelvan a trabajar sin un contrato de por medio, no hay que ser tan idiota! Antes llegaremos a la Junta de Conciliación a demandar al estafador Tomás Meraz ¡Vamos, síganme!

En la Junta de Conciliación y Arbitraje, Super Maquila y el grupo de obreros reciben una mala noticia. No se podrá demandar a Tomás Meraz y su empresa si no hay un contrato de por medio, ni comprobantes de pagos recibidos. No había manera de probar ninguna de sus chapuzas.

- ¡El muy canalla tenía razón! Dice Super Maquila. Cuando menos lo dejé mal herido. Muchachos. Lo siento. ¡Esto los enseñará a exigir que sus derechos sean respetados!

El grupo se marcha cabizbajo.

Después, en su oficina, Super Maquila se siente frustrada y triste por los resultados de ese día. Recordó una frase de Platón: La justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. Había fracasado ese día.

jueves, mayo 03, 2007

SUPER MAQUILA



-Hay que ver lo maravilloso que es la calma que produce la ausencia de ruido de tráfico y el ajetreo de las gentes yendo y viniendo, piensa Super Maquila. Pero no durará mucho más. Dentro de pocos minutos centenas de miles de personas somnolientas, con aliento a café, iniciarán el día.

Esa mañana, Super Maquila hace un recorrido por las colonias más oscuras y pobres de Ciudad Juárez. Algunos trabajadores ya salen de sus casas y otros, esperan el primer autobús que los llevará al centro de la ciudad, o uno de los autobuses especiales contratados por las empresas para llevar a los trabajadores a sus centros de trabajo. Super Maquila recorre esas esquinas más peligrosas, con casas abandonadas o sin iluminación. Hay una parada de autobuses junto a un muro casi cubierto de graffiti reciente. El olor a pintura en aerosol lo delata. Si alguien fuera atacado mientras espera, nadie escucharía nada aunque quisieran, pues no hay ninguna casa habitada en cuando menos treinta metros a diestra y siniestra. Algunas de las casas no tienen puerta.

-Guarida perfecta de malandros, piensa Super Maquila. Hasta a mí me da miedo!

Se agazapa junto a la entrada sin puerta de uno de los escondrijos en espera de poder atrapar a algún asaltante de muchachas.

Una muchacha se acerca con su bata de trabajo en la mano. Se detiene en la parada. Es muy joven y parece nerviosa. Tal vez recién empieza a trabajar y tiene miedo de salir a esas horas. No deja de mirar hacia un lado y otro. De vez en cuando se vuelve hacia atrás, y a veces, estira el cuerpo y la cabeza hacia delante oteando el final de la calle, ansiosa de que pase de una vez su transporte. Inútilmente aprieta su pequeño bolso, igual que las niñas hacen con el osito que abrazan cuando temen a la oscuridad. Como Super Maquila lo intuía, un tipo sospechoso se acerca, salió de quién sabe dónde. Quiere dar la impresión de que esperará también el camión, pero tiene el aspecto de cualquier cosa menos de alguien que se apresta a ir al trabajo. Lleva las dos manos en el bolsillo. Se para junto a la chica sin darle ni los buenos días. La chica se retira un poco, pero el tipo se coloca detrás, la va cercando. Advirtiendo aviesas intenciones, empieza a caminar calle arriba con paso rápido. El tipo la sigue y saca de uno de los bolsillos algo parecido a una punta con filo. Super Maquila no espera más. Sale de su escondite y alcanza al tipo.

-¡Quédate quieto güey!

La chica ahora corre. El malandro para en seco y voltea sorprendido.

- ¡Ah cabrón! Y ¿tú quién eres? ¿Es Día de Brujas?

-Soy Super Maquila, y tú debes ser Escoria Viviente ¿Me equivoco? ¡Suelta la pinche punta!

-¡Ah, sí, cómo no! Ahora verás que la guardo en tu…!

Una pertinente patada voladora que le tumba varios dientes, seguida de una serie de llaves de lucha libre al puro estilo del Santo y finalizando con expertos golpes kata, evita que el malandro termine la frase.

Cuando ve los estragos que causó en su rostro, se sorprende.

-¡Híjole! Creo que se me pasó un poco la mano, pero recibió su merecido por atacar jovencitas.

- Antes de irse para alcanzar a la aterrorizada chica, levanta al fulano por las greñas de la cabeza sanguinolenta .

- ¡Alégrate Escoria, vas a pasar a la historia como la primera víctima de Super Maquila! ¡Y no se te pase decirle a tus amiguchos que más vale que no se aparezcan por aquí, porque los dejaré más guapos que a ti!

Super Maquila alcanza a la chica y le dice que está a salvo.

- Y no te pares a esperar el autobús en esa esquina hasta que haya iluminación. Ahora voy a hablar con el alcalde para preguntarle qué rayos hace con nuestros impuestos. En un mes esta calle estará más iluminada que Las Vegas ¡ya lo verás!

-Gracias. ¿Pero tú quién eres y por qué llevas ese disfraz? ¿Estás loca acaso?

-Soy Super Maquila. Alguien que te aseguro que se preocupa por ti. Mi identidad no debe ser conocida o no podría hacer la labor que pienso realizar. De ahora en adelante, velaré por que se haga justicia a los trabajadores. Tengo que irme ahora. Hasta pronto.

-Hasta luego…Super Maquila…y gracias.

Más tarde, Super Maquila se entrevista con el alcalde.

-Vengo a exigir calles iluminadas y vigiladas por la policía en los horarios de mayor riesgo en las colonias de la periferia. Aquí tengo la lista completa de los barrios que están tan abandonados que parecen paisaje de película de Mad Max. No podemos permitir que las jóvenes expongan su vida de esa manera. Ya tenemos muchas muertas.

-¿Cómo entró aquí? Se trata de una broma ¿verdad? Ah, ya sé. ¡Cámara escondida! No, no. No me diga, es una fantasía, algún regalo cachondo por el día de mi santo ¡Claro! ¿Ahora va a hacer strip tease?

- ¡Cállese pendejo! Estoy hablando en serio. Soy Super Maquila. Lucho por que se haga justicia a los trabajadores de la maquila. ¡Los que pagan su salario! Le doy un mes para que se instale la iluminación. Mientras mande a sus policías a vigilar las colonias de la lista, en lugar de que hagan como que persiguen a los narcos. Digo, si no tienen miedo. De lo contrario, lo denunciaré en los foros internacionales y diré que usted prefiere gastar los recursos en super carreteras, como el llamado Camino Real, para beneficiar a los empresarios mientras tiene a la gente en la oscuridad. Tengo pruebas. Ahí le dejo la lista.

El alcalde, perplejo, no puede ni hablar.

Super Maquila sale de allí dispuesta a volver todas las veces que sea necesario. Con los políticos hay que tener mano dura, piensa. Este se va a hacer tarugo.

-El día avanza y Super Maquila aun tiene otras misiones que cumplir. Se enteró de que en una maquila el patrón es un mafioso y engaña a los trabajadores de nuevo ingreso haciéndolos firmar su contrato al mismo tiempo que su renuncia voluntaria. Entra a escondidas al centro de archivos de la empresa en busca de los documentos de renuncia para destruirlos, pero es sorprendida por el patrón.

-¿Qué hace usted aquí?

-Algo tú desconoces completamente, mafioso: ¡Justicia!

Abre los ojos desmesuradamente cuando ve el disfraz y la máscara de Super Maquila.

-¿Está usted loca? Vamos, fuera de aquí. ¿De cuál circo se escapó? ¡Voy a llamar a la policía inmediatamente!

-¡Soy Super Maquila, y tú y tu empresa son historia! ¡Vamos llámalos, aquí está el teléfono! Diles que obligas a renunciar a tus trabajadores antes de que empiecen a trabajar para poder deshacerte de ellos sin ninguna obligación. ¿O prefieres que se los diga yo? Así que será mejor que me digas donde guardas esos documentos para destruirlos o te las verás conmigo.

-¡Ja ja ja! No me haga reír.

Intenta agarrarla de un brazo para sacarla de allí, pero no sabe que Super Maquila ha entrenado con los mejores en varios países y sus golpes son demasiados peligrosos. Para en seco el golpe y atesta un puñetazo profundo en el vientre aguado del patrón.

-¿Con eso tienes o seguimos? No me quiero aburrir, pero si insistes… aquí tienes otro ¡gancho al hígado!

-¡Cof Cof! ¡Está bien, está bien! ¡Cof! Las renuncias están en esa gaveta azul. Toma la llave.

Después de destruirlos, Super Maquila se despide.

-Será mejor que “limpies” tu maquilita si no quieres pasar a la historia como el primer patrón de maquila en la frontera que va a la cárcel. Mañana mismo arregla todas tus tranzas o tendrás cientos de demandas en la Junta de Conciliación. Te tendré vigilado, no lo olvides.

Ella quisiera que el día tuviera más horas para velar por los intereses de esos miles que ni conocen sus derechos, que sobreviven apenas con los ridículos salarios mínimos. A pesar de estar cansada, le preocupa una empresa donde la mitad de los soldadores respiran el humo venenoso del plomo que despide la soldadura al derretirse con los cautines. Eso le molesta tanto que entra sin siquiera anunciarse directamente al piso de producción. Justo donde se encuentra la zona de los soldadores.

Cuando la ven, los trabajadores sonríen. Se preguntan si la presencia de esa mujer enmascarada y con capa es algún tipo de show que la empresa organizó. ¿Será por que cumplimos las metas de producción y calidad? Se preguntan algunos.

-¿A ver, quién es el gerente de producción aquí? Pregunta Super Maquila.

Un hombre de mediana edad con corbata se acerca.

-Dígame, señorita.

-Ahora mismo les pone a todas estas gentes con plomo en la sangre, extractores adecuados para que no sigan respirando esa marranada. !Tienen más metal en el cuerpo que Robo Cop! De lo contrario, dejarán de trabajar hasta que estén disponibles. ¿Sabe usted que los trabajadores tienen derecho a la seguridad?

-¿Pero, qué le pasa? ¡Creí que esto era una especie de broma!

-Yo no bromeo, señor. ¡Soy Super Maquila! Y su trabajo será historia por solapar a los dueños de esta empresa en sus graves faltas.

-¿Qué dice? Parar producción nos metería en serios problemas con los clientes ¡tendríamos pérdidas irrecuperables! ¡Que a nadie se le ocurra parar o los despediré al instante sin indemnización!

-¡Ah! ¿De manera que es más importante no perder clientes a que estos trabajadores mueran lentamente? ¿Es que no le importan? Muchachos, dejen de trabajar, el plomo se acumula en la sangre y les causará enfermedades y hasta la muerte.

Todos paran su trabajo de inmediato y se cruzan de brazos, mientras lanzan miradas acusatorias al gerente.

-¡Seguridad! ¡Seguridad! Grita el gerente ¡Por favor saquen a esta loca disfrazada de payaso! Los guardias acuden presurosos y tratan de sujetar a Super Maquila.

-¿Seguridad? ¿Es que tienen gente dedicada a la seguridad, de quién? ¡La seguridad como derecho de los trabajadores es algo que ustedes ignoran, idiotas!

Con una maroma y otras volteretas, Super Maquila escapa con facilidad de los guardias. Los trabajadores se colocan alrededor de ella para evitar que le hagan daño.

-Tienes razón, Super Maquila. No trabajaremos hasta que nos pongan los equipos extractores y denunciaremos esto a la Secretaría del Trabajo y ante quien sea necesario.

Los guardias hacen un último intento por detenerla.

-¡Hey! cuidado chicos. No quiero lastimarlos de veras. !Su entrenamiento no me llega ni a los talones!

-Y tú, gerentito, ya reporté tu empresa a las dependencias correspondientes. Será mejor que hagas una orden de compra urgente por extractores, y ya que estamos, revisa si tienes otras faltas de seguridad que pongan en riesgo a la gente que te mantiene. Mañana hay programada una inspección. Hasta pronto, muchachos. ¡Y no sean pendejos, hombre! Está bien que hay que ganarse el pan, pero no a costa de la vida.

-!Gracias Super Maquila! Dicen los soldadores mientras aplauden sus acciones.

Esa noche, Super Maquila hace un repaso de sus primeras misiones. Sabe que falta mucho por hacer. Pronto se correrá la voz de sus incursiones y tiene que estar preparada. Habrá miles de solicitudes de ayuda, pero…mañana será otro día para hacer justicia.

miércoles, abril 25, 2007

VACACIONES EN MÉRIDA


El 2 de Abril llegamos a Mérida, Yucatán. Un lunes casi a la hora de la comida. Al salir del aeropuerto, un vaho primaveral y húmedo nos recorrió, augurando sudores mayores aun cuando las temperaturas más cálidas no empezaban todavía. En el trayecto hacia el centro, donde estaba nuestro hotel, observé que el color del cielo allí todavía es de un azul como el azul que debería tener todo cielo.
Después de recorrer un poco las calles aledañas al Hotel Dolores Alba, que excedió, más que satisfizo nuestras necesidades y presupuesto, salimos a buscar un lugar para tomar algo fresco mientras investigábamos sobre algún restaurante. Sin querer, nos encontramos en una esquina con El Lucero del Alba, donde junto con la cerveza nos trajeron ocho platitos repletos de botanas típicas de Mérida, que repetiríamos casi en cada bar o restaurante. En los bares botaneros como ese, las botanas (o tapas, como se les llama en España) son siempre abundantes y gratuitas. Al servirlas, los meseros meridanos hablan con orgullo de sus comidas más representativas y se esmeran en describir a los clientes los nombres y la composición de los diferentes platillos que sirven con las bebidas. Así empezaron nuestras vacaciones de siete días, dándole gusto al paladar para desacostumbrarlo de los populares burritos y quesadillas chihuahuenses. Ni qué decir que ese día no fue necesario ir a ningún restaurante.
Mérida es una ciudad que conquista. Bullicio y algarabía dominan sus rincones cuando los cantos de muchas clases de aves peregrinas que vuelven en primavera, saturan las ramas de los árboles de sus plazas y parques. Y la explosión de colores de las flores que crecen con generosidad aun entre las chozas más humildes, invitan a celebrar la existencia con la alegría de los sentidos y los placeres sencillos.
Las más humildes mujeres, en el mercado o en la Plaza Principal, en la iglesia, o de paseo, todavía visten orgullosas el vestido regional yucateco que llaman hipil o huipil, bellamente bordado con vistosas flores sobre fondo blanco en la parte superior e inferior. Y muchos hombres también usan la típica camisa guayabera. Pero no son las originales vestimentas lo que caracteriza a sus gentes, sino su amable y dulce trato, típico de las gentes alejadas de la ansiedad y la prisa de las ciudades industrializadas. Como si se hubiera congelado el tiempo, desde que la cultura Maya alcanzó su máximo desarrollo entre el 750 – 1200 DC, la belleza milenaria de sus rasgos, que había cautivado a Eisenstein, sigue plasmada en los rostros nativos, especialmente en los hermosos ojos de las mujeres.
No solamente la fisonomía Maya y mucha de su cultura (el 60% de la población habla Maya) permanece como si no hubiera pasado el tiempo por Mérida. Una gran parte de sus habitantes aun vive en chozas con techos de palma, el mismo tipo de vivienda que los mayas usaron en épocas pasadas. En ese tipo de casas y en muchas otras, la cama es un objeto de mera decoración, pues los meridanos prefieren la hamaca para disfrutar sus sueños.
Uno no puede ir a Mérida y dejar de probar sus delicias culinarias, mezcla de antiguas recetas mayas y mestizas. Ya sea en el restaurante Los Almendros, uno de los más antiguos y tradicionales cuya especialidad son los platillos yucatecos, o en cualquier pequeña fondita de mercadillo, se puede saborear una deliciosa sopa de lima, unos salbutes, panuchos, poc-chuc, huevos motuleños, longaniza de Valladolid, o unos papadzules. O un queso relleno, tamales cocidos o de espelón, relleno negro, frijoles negros y una amplia variedad que es tal, que no me cabría enlistarla en este espacio. Sobre la cocina yucateca Ricardo y yo quedamos simplemente fascinados… y gordos. Sólo lamentamos no haberle podido hincar el diente a más de sus delicias culinarias.
Antes de iniciar nuestro recorrido por la ciudad para visitar los museos y pasear por el Paseo Montejo, tomamos el café en La Habana, una cafetería con 55 años de antigüedad donde tienen un menú que incluye una buena variedad de formas de preparar el café. Una vez que descubrimos La Habana, ya no pudimos cambiar de lugar y ese fue nuestro sitio preferido para planear el día frente a una aromática taza de café mexicano.
La ventaja turística de Mérida está en que es un punto de partida desde donde se pueden visitar un sinnúmero de lugares con una amplia gama de características. Ya sea en automóvil o autobús, se puede ir y volver el mismo día a las grandiosas ruinas de Chichén Itzá, Uxmal o Kabah, las más importantes. Si se prefiere el mar, a Puerto Progreso, Celestún o Playa del Carmen. O para visitar los numerosos pueblitos cercanos como Valladolid e Izamal. A sólo cuatro horas y media está la bella playa de Cancún, con sus arenas blancas y su mar de azules imposibles.
Nosotros nos decidimos por disfrutar de la ciudad y visitar las ruinas. Estar en Chichén Itzá y Uxmal, recorrer sus palacios, el observatorio astronómico llamado El Caracol, el Juego de Pelota, los cenotes, y empaparse de la historia que los mayas nos legaron, es una experiencia inolvidable que merece capítulos aparte.
Mientras paseamos por la ciudad, admiramos las imponentes casas de Paseo de Montejo, bellas muestras arquitectónicas de principios del siglo pasado. En otros tiempos, casas de los caciques y sus familias dueñas de las haciendas henequeneras, quienes amasaron sus fortunas a costa de esclavizar a los indios, mucho antes de que el henequén fuera reemplazado por las fibras sintéticas. La cruel explotación de esclavos mayas, yaquis y hasta chinos en Mérida por un puñado de millonarios era tal, que motivó a John Kenneth Turner a escribir el libro México Bárbaro, un clásico por su influencia en el pensamiento revolucionario. Muchas de estas propiedades fueron restauradas y han sido convertidas en museos, restaurantes o negocios. Otras, principalmente las del casco viejo de la ciudad, sufren el deterioro del tiempo y el abandono. Su belleza, reminiscencias de aquella réproba situación histórica, aun destaca por encima de las casas pobres de los meridanos promedio.
Los meridanos tienen fiesta todos los días. Cuando no hay serenata en la Plaza de Santa Lucía, hay bailables regionales, tianguis de comida en la Plaza Principal, baile afuera de los bares de la calle 60, y un continuo maratón de actividades culturales.
Muchos lugares y conocimiento de Mérida, la llamada Ciudad Blanca, nos faltó por ver y aprender. Nos regresamos a Juárez con el alma pletórica de buenos recuerdos, el paladar satisfecho, los estómagos repletos, y el interés acuciado por saber más de esa cultura sorprendente de los mayas. En lo personal, sólo lamento que la inversión gubernamental no se encuentre en el nivel que se requeriría para hacer de Mérida una plaza turística más cuidada. Las carencias económicas en la ciudad son notables desgraciadamente. A pesar de todo, recomiendo visitar Mérida y disponerse a vivir unas vacaciones inolvidables.

BANDIDA

Gloria no sabía nada de perros ni pensaba tener uno algún día. Pero cuando se encontró ese cachorrito peludo corriendo delante de ella por la calle, moviendo la cola graciosamente, pensó que no sería mala idea darle un perrito a José. Para que crecieran juntos y para que aprendiera a amar a los animales. El perrito le daría alegría y compañía. Era sólo algo que se le había ocurrido, pero conforme siguió andando y el dueño del cachorro no aparecía, la idea iba tomando forma. Levantó al perrito, que no tendría más de un mes y lo observó detenidamente mientras éste le lamía las manos y la cara. Tenía el pelo largo y blanco en la mayor parte del cuerpo. Un par de grandes manchas negras en los costados hacían juego con las de la cara alrededor de los ojos, que se extendían hasta las orejas, como una máscara de bandido de película. Los ojos gachos y los párpados superiores ligeramente caídos, le daba una expresión de melancolía bonachona. Eso fue lo que más le gustó a Gloria, que más que un buen perro de buena raza, parecía un perro bueno. Como pensaba que el dueño llegaría en cualquier momento a buscarlo, caminó despacio, en actitud de espera. No fuera a pensar que lo estaba robando. Cuando se dio cuenta que no había nadie en la calle, desanduvo el camino con el cachorro en los brazos para hacer tiempo por si el dueño llegaba. Pero nadie lo reclamó en el trayecto a casa ni nadie salió a buscarlo y así fue que el perro se convirtió en la mascota de la familia.

El perrito era en realidad una hembra a la Gloria llamó Bandida. Ni a José ni a su padre se les agrandó el entusiasmo por la perra. Bandida pasó a ser uno más de los miembros infelices del hogar amargados por las borracheras de Francisco. En muchos años iguales, los alborotos y destrozos que Francisco causaba los fines de semana y la tristeza de Gloria en los días siguientes, afectaron el carácter de José, que se volvió retraído y solitario. En los tres, no había felicidad que sobrara para la perra que con todo, no dejaba de lamer agradecida las manos o los pies de Gloria, la única que se ocupaba de alimentarla y bañarla los sábados que descansaba de su trabajo en la maquila.

Mientras crecía, Bandida fue revelando su personalidad noble y leal. Juguetona como todos los perros jóvenes, jalaba con su hocico la ropa colgada en el tendedero dejándole a cada prenda los dos agujeros de sus colmillos, lista para tirar a la basura. Y cuando estaba en la casa, había que esconderle los zapatos antes de que los dejara inservibles con sus mordiscos. Muchas veces, cuando Gloria llegaba cansada del trabajo y descubría sus estropicios sin que Francisco o José hubieran hecho nada por detenerla, le daba enfurecidos escobazos hasta que se cansaba. Bandida le lanzaba una mirada triste de incomprensión sin responder a los ataques, y sin ladrar siquiera le lamía la punta de los zapatos y se alejaba con la cola entre las patas, gimoteando adolorida. Luego echaba su peluda anatomía junto a la entrada apoyando la cabeza en el suelo, afligida por los regaños.

Meses después, el tamaño de Bandida era demasiado grande para tenerla dentro de la casa y hubo que sacarla al patio, pero también la casa de madera que le compraron le quedó pequeña no mucho después. Si Gloria hubiera sabido que su tamaño final sería tan descomunal, no la habría recogido cuando era una cachorrita.

Gloria nunca quiso amarrarla porque le parecía una crueldad. En los reducidos jardines de las casas de los trabajadores, había visto muchos perros amarrados con cadenas gruesas y pesadas, hirviendo bajo el sol del verano, con la lengua fuera jadeando de sed sin poder protegerse bajo una sombra, mientras sus amos estaban ausentes trabajando. Cuando menos Bandida tenía libertad de movimiento. Además, Gloria se aseguraba de dejarle un bote lleno de agua que se mantenía fresca junto a la sombra del único olmo del jardín, antes de irse a trabajar. Pronto los vecinos se quejaron de los sustos que la enorme perra les ponía con sus ladridos cuando pasaban frente a la casa. Pero Bandida nunca mordió a nadie, su temperamento era dulce y pacífico, amaba a los niños y aunque ladraba poco, su ladrido era grave, fuerte, con un toque metálico, como el de una campana rota. Protegía la pequeña casa como si se tratara de una fortaleza, un instinto de guardián poderoso que llevaba en sus genes y eso era lo que impresionaba a los vecinos distraídos que de pronto se encontraban frente a un imponente animal con voz de trueno.

Gloria se preguntaba de qué raza sería Bandida. Una vez hojeó un libro con fotografías de perros en una librería y encontró que por el desmesurado tamaño, el pelo, la forma de la cabeza, la máscara negra, las patas fuertes y musculosas y la cabeza, se parecía a un perro Mastín del Pirineo. Un can más apropiado para vivir en la montaña y en el campo, pastoreando ovejas, luchando contra lobos, y no para padecer el suplicio del desierto, prisionero en una casa de ciento veinte metros cuadrados.

Cuando Bandida cumplió un año, en el invierno, ya estaba preñada. Una mañana después de que había nevado toda la noche, Gloria salió al patio y vio un gran boquete que la perra había cavado debajo de la banqueta que rodeaba la casa. Era tan grande, que Bandida cabía perfectamente en él, como si fuera una cueva para protegerse del frío. Pero Gloria no sabía nada de perros ni de sus costumbres, y se enojó tanto que le pegó con un palo hasta que la hizo llorar como lloran los perros, con lloriqueos de agudísimo sonido. Notó que estaba nerviosa, pero interpretó la ansiedad del animal como simple instinto para protegerse del frío, tal vez porque intuía que el clima empeoraría y se preparaba para ello. No se imaginó que Bandida se disponía para el alumbramiento. Tomó luego una pala y se puso a tapar el hueco. Ni Francisco ni José la quisieron ayudar. Mientras lo hacía, Bandida le suplicó algo que Gloria no entendió desde muy dentro de su mirada.

Los días que siguieron no hubo nada que Bandida detuviera su impulso por escarbar en el mismo lugar hasta hacer otro agujero, que Gloria tapaba una y otra vez, condenada por haberse quedado con ese animal tan grande al que nadie la ayudaba a atender. Como si no tuviera suficiente con el trabajo de la maquila, el borracho de Francisco, el trabajo de la casa y el carácter difícil de José.

El frío y la nieve continuaron un par de semanas más. El sábado siguiente Gloria salió al patio dispuesta a su penitencia y hacerle pagar a Bandida por ella, pero esta vez encontró a la perra echada dentro de la nueva cueva con su primera prole de diez crías. Dos estaban congeladas, pues Bandida tendría que haber entibiado el espacio con su cuerpo por unos días antes de parir. Abatida, Gloria comprendió al fin el empeño de Bandida por construir su refugio. Sintió compasión por Bandida y por ella misma. Tanto que habían trabajado las dos escarbando y tapando el agujero. Luego advirtió que tenía un nuevo problema encima: deshacerse de las crías. ¿Quién iba a quererlas?

El asunto se repitió cada vez que la perra se quedaba preñada. Ya no era solamente alimentarla, limpiar la mierda, aguantar las quejas de los vecinos, bañarla, ahora habría que buscarles casa a los recién nacidos, y después tapar agujeros del tamaño de tumbas cual Émulas de Sísifo repitiendo su condena una y otra vez. Se estaba amargando… y Bandida también. Se le fue acabando la alegría en ese minúsculo pedazo de tierra donde estaba presa, sin poder correr, sin poder demostrar su inteligencia, sin recibir algo de afecto de sus amos. Las largas orejas negras se le pegaron a la cara como lacias de tristeza y Gloria, aunque no entendía de perros, intuyó que era demasiado para ambas.

El fin de semana que estuvieron juntas por última vez, Gloria estaba llorando en silencio en el patio, mascullando su impotencia bajo un cielo nocturno sin estrellas. Dentro de la casa, Francisco se había quedado dormido finalmente después de varias horas de su acostumbrada trifulca alcoholizada. Roncaba. Algunas botellas estaban rotas en el suelo de la cocina. José se había encerrado en su cuarto para no escuchar los gritos y hacía mucho que debía estar dormido también. Bandida estaba echada a los pies de Gloria. Quedaban pocas horas para el amanecer y había que ir a trabajar muy temprano, pero se quedó mucho tiempo más junto a su fiel perra. Había decidido cambiar el rumbo de su vida y tenía que pensar.

Gloria no se presentó el lunes a trabajar en la maquila. En vez de eso, llevó a Bandida al Centro Antirrábico Municipal donde terminaban su vida los perros callejeros que recogía el Centro. Durante el trayecto, miraba por el espejo retrovisor a Bandida y le pareció que nunca la había visto tan triste. Al llegar, vio decenas de perros encerrados en minúsculas jaulas que aullaban de pesar antes del sacrificio. Cuando entregó la perra al encargado, Bandida la miró una última vez comprendiendo todo. Gloria casi creyó escuchar lo que le decía en esa mirada. La perra no se resistió, agachó la cabeza y caminó hacia su destino. Gloria no pudo evitar llorar cuando se fue sin volver la vista de ese lugar. Fue la primera dolorosa decisión que tomaría ese día.