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lunes, enero 12, 2015

Sombra de a mentiras, por Mary Tiburcio


Aquí les va este cuento de mi amiga Mary Tiburcio (Veracruz, 1955), abogada y escritora radicada en Ciudad Juárez desde hace muchos años. En este interesante texto hace una analogía entre la escasez de la sombra de un árbol y una falsa amistad. Mary Tiber, nombre con el que firma sus trabajos, tiene un libro de cuentos y se encuentra en búsqueda de publicación.

                                            Sombra de a mentiras
Llegó el día mi amiga Azalea y yo quedamos en vernos. Habíamos decidido tomar un café o lo que cayera, con tal de olvidar por un rato “este pinche calorcito”, dijo ella. Luego, entre risas agregó: “o un pisto platicado como en los tiempos de antes”. Nos comunicábamos seguido por el Face. Sus publicaciones me hacían reír tanto que pasaba por alto cierto tono ácido en sus comentarios. Hacía años que no nos veíamos. Le pregunté que si había cambiado mucho, dijo que no, que la reconocería luego luego. Nos decidimos por un lugar muy cercano a mi casa, así que decidí caminar. Cuando el sol me dio de frente recordé que la ciudad estaba pasando por una onda "cálida", decían los de la tele. Será más bien hirviente, pensé, cuando el sudor se extendió por mi rostro. Para olvidar que todavía faltaban dos cuadras me concentré en la sombra de un árbol que alcancé a ver. Sería un descanso, esa esperanza y  el gusto de ver a mi amiga de antaño aminoraron el ataque del sol.
            Desde la escuela sentí simpatía por las carcajadas de Azalea. Confieso que en esa época yo imprimía dureza a mi mirada para ocultar una sensación de miedo que hasta ahora reconozco. Siempre pensé que Azalea era audaz. El enrojecimiento de mi piel interrumpió mis pensamientos. El ardor me recordó nuestra travesura favorita. Ella me enseñó a encajar cerillos en un chicle que pegábamos en la parte inferior del asiento de algún compañero del salón. Azalea  sugería el nombre, casi oigo su voz chillona diciendo: "y el agraciado es….".  Era ella la que prendía el cerillo pegosteado en la banca del elegido. Generalmente escogía a uno de los más aplicados o a las más bonitas.  Creo que en una ocasión que saqué nueve en Inglés la sorprendí poniendo el chicle bajo mi banca. Azalea solo reía diciendo “¡Uy!, qué carita pusiste. Asustas con esa mirada”. Me pasó el brazo por los hombros y me dijo: “Eres buena onda”.
El alivio que esperaba del árbol no llegó. La sombra era de a mentiras. Observé orificios en la mayoría de las hojas. El sol parecía burlarse filtrándose por los agujeros. Luego sentí comezón en las piernas. ¡Estaba parada encima de un hormiguero! Decenas de pequeños insectos subían por mis pies, entonces entendí que la frondosidad del árbol era ilusoria, las hojas estaban muertas y las hormigas se alimentaban de sus restos. Seguí mi camino  pensando en la semejanza entre la quemada por sol y por veneno.
            Al fin llegué. Había varios comensales. Al fondo estaba una señora gorda y arrugada, no era ella, no podía estar tan vieja. En las mesas de la entrada vi a una chava delgada y elegante, tampoco podía ser Azalea, se veía demasiado joven. Para mi sorpresa la muchacha alzó la mano.
            “Hey tú, pareces ciega”, gritó desde su asiento y soltó una carcajada que sí reconocí. Era Azalea. Alguna vez comentó que desde su divorcio se daba la gran vida, pero nunca imaginé la drasticidad del cambio.
            “¡Hola, qué bárbara!, te ves súper joven”. Ella no contestó de inmediato. Estaba absorta inspeccionando mi aspecto. Aunque su silencio me desconcertó, también empecé a observarla. El tono verdoso de su atuendo me recordó al árbol que recién había visto. La textura del vestido y el diseño gritaban precisión en calidad y corte. Tenía un escote cuadrado y en la parte superior se apreciaban orificios que dejaban ver otra tela que asemejaba follaje. Me deslumbró el relampagueo de una esmeralda que lucía en el dedo anular. ¡Uuu!, me dije. Y yo con pantalones de mezclilla y blusa artesanal. Lo peor eran los kilos que se me desbordaban por encima del pantalón. Su voz chillona me devolvió a la realidad.     
— Oye, ¡mira nomás como te pusiste! No vas a caber en la silla, tendremos que cambiarnos a uno de los sofás —, dijo, a la vez que lanzaba una de sus carcajadas —. Ignoré sus palabras y me senté en la silla frente a ella.
            — ¿Cómo están tus hijos?
            Azalea cruzó la pierna. Con tono de desenfado contestó.
            — Dos de ellos juran que serán cantantes famosos. ¡Pinche par de huevones! Solo uno trabaja en horario de oficina: Daniel, el mayor, el que se fue con mi exmarido.
            No supe si esperaba que yo hablara mal de sus hijos, preferí algo más cotidiano.
            — Pues tú te ves muy bien.
            Ella volvió a inspeccionarme y soltó una risotada que parecía llanto.
            — Ay, mija, gracias. Tú nomás tuviste un hijo y estás algo gordita. ¡Ah!, y sigues teniendo la mirada de animal al acecho.
            Pasé por alto sus comentarios. Creí que pronto me diría: “eres buena onda” y empezaríamos a recordar nuestra época de estudiantes. No fue así. Ella siguió observándome.
            — ¿Por qué vienes tan sudada? No me digas que no tienes carro y solo me buscas para pedirme prestado.
            Entendí entonces por qué me recordó al árbol.  La risa y elegancia de Azalea eran como una sombra de a mentiras.


viernes, enero 09, 2015

Incredulidad, por Francisco García Salinas


Francisco García Salinas es poeta y narrador juarense.  Hoy nos comparte un desgarrador texto que reproduce la angustia del secuestrado y nos desvela el rostro verdadero detrás del secuestrador: la miseria y sus tentáculos. Francisco García es miembro del Colectivo de narradores Zurdo Mendieta desde hace varios años.   
Incredulidad
“Es la primera vez que me alegro de no tener hijos. Y no es que me alegre con esa alegría que dura para toda la vida, sino con esa otra que te hace salir de un apuro y  te pone contento aunque sea por un rato y te abre la cabeza para pensar mejor. Así los hijos que no he tenido no van a sufrir si estos me hacen algo. Acaso mi madre, pero ella ya mucho ha sufrido, como quiera sabe qué hacer”.
            — ¿Te quedas callada?
            — No te lo voy a repetir. ¿Cuántos hijos tienes y cómo se llama tu esposo?
            — No tengo ni hijos ni esposo.
            Y era cierto, Ofelia no tenía hijos, al parecer nunca tuvo la oportunidad de probar su fertilidad. De sus cuarenta y cinco años, solo diez no ha trabajado en la tienda. Sabe todo sobre abarrotes y vecinos. Puede cargar una bolsa de frijol y saber si le faltan o sobran cincuenta gramos; puede ver a un vecino y saber si su esposa lo engaña o su hijo usa drogas. Pero no tiene hijos y, al parecer no había caído en la cuenta de eso. Muchas veces le han hecho bromas sobre su soltería, pero su buen carácter la hace reírse de ella misma, por eso no esperaba que la primera pregunta que le hicieran sus secuestradores fuera sobre la maternidad. “No tengo hijos ni esposo”. La frase resuena en  su mente. Es la primera vez que tiene que hacerse ella misma la pregunta y darse una respuesta satisfactoria. Ya no basta una broma o decir con una sonrisa inconsciente que no los tiene. Lo de menos es responder a los secuestradores. La pregunta propia es la lastimosa ahora: “¿dónde están mis hijos?, ¿dónde están? Toda la vida trabajando y no tengo hijos”. La respuesta es urgente, al parecer no tendrá mucho tiempo para pensar.
            — ¿Te quedas callada? ¿Cómo se llama tu hijo el que trabaja en la tienda?
            Ofelia sigue en silencio. Nunca se imaginó ser la madre del Fer, pero le gusta la idea. Fernando lleva trabajando con ella más de ocho años, es güero como ella. La confusión la consuela. No responde. Los secuestradores se ponen más violentos y le dan un golpe en la cabeza, ni así se le borra la imagen de Fernando.
            — ¡Déjate de pendejadas, Güera!
            Ni el secuestrador, que apenas terminó la primaria y que desde muy chico se metió al mundo de las drogas lo puede creer. Apenas tiene diecisiete años y es el mayor de seis hermanos. Su madre lo parió a los catorce, desde entonces no dejó de dar a luz. El último chamaco tiene seis meses. La mujer apenas si se puede mover, quedó muy lastimada y ya parece una anciana. Ofelia podría ser su madre, pero no tiene hijos.
            — ¿Por qué me pegas?
            La sangre escurre por la boca de Ofelia. El Chori le ha dado un golpe y le grita lleno de coraje.
            — Toda la lana que tienes y no tienes hijos. ¡Pinche vieja mentirosa! — Y le da una patada —.
            — Llámale al jefe, él nos dijo que la doña tenía tres hijos y que iba a estar fácil el jale, se me hace que levantaron a otra. — El Loco no daba crédito a la respuesta de Ofelia —.
            El Chori ha vivido en la miseria desde que nació. Martha, su madre, lo vistió de pura ropa usada, a veces se la regalaban y a veces la compraba en las segundas. Ahora con lo de los secuestros ya empezó a comprar ropa de marca. Pero eso es solo apariencia, las marcas de la ropa no borran las marcas de la vida y al Chori, al parecer, le gusta llevarlas por dentro y por fuera. Martha hizo de todo para alimentarlo, la prostitución y la venta de drogas no fueron la excepción. Tiene treinta y un años y se ve más acabada que Ofelia. Quizá por eso el Chori la golpea, o quizá porque si ella hubiera sido su madre, no habría pasado las experiencias que pasó o no se hubiera metido al mundo de la criminalidad. Pero su madre es Martha y ella está buscando cómo seguir alimentando a sus otros hijos. El Chori no le da nada de dinero, si acaso le compra una papitas, cada nunca, a sus hermanos, pero nada para Martha.
            — Sí, es la morra — dice el Muerto —, y también tiene hijos; dice el jefe que le saquemos la sopa a madrazos, pero que no la vayamos a matar, la vieja tiene mucha lana.
            El Chori se levanta, mira a Ofelia como nunca ha visto a nadie. Le da otra patada y empieza a llorar, nadie entiende qué le pasa. Se limpia las lágrimas con la mano y golpea más a Ofelia.
            — Ahora sí me vas a decir el nombre de tus hijos o si no, yo mismo voy a ir a buscarlos y los voy a traer y te los voy a hacer pedacitos. ¿A poco toda la lana que ganas es para ti sola? ¿Cómo se llaman tus hijos pinche Güera?
            Ofelia calla, la respuesta está dada pero el Chori no acepta el silencio como respuesta. Por su mente pasan los recuerdos de su vida y se mira solo y miserable, también pasan las imágenes de sus seis hermanos amontonados en los dos cuartos donde viven. No aguanta más. Ofelia se queja, pero se siente en paz, al parecer ha dado buena respuesta a sus interrogadores. El Chori pierde la cabeza y saca la pistola.

            — ¡Muérete pinche vieja egoísta y no andes viniendo al mundo si no tienes hijos! 

lunes, junio 21, 2010

LA CUNA BLANCA

La Cuna Berthe Morisot 1872

En las orillas del colchoncito de la cuna blanca, agazapados bajo el cordón que lo bordeaba tanto arriba como abajo, las chinches esperaban pacientemente el momento de conseguir su alimento o perecer de inanición. Su volumen disminuido por el hambre las mantenía ocultas de un golpe de vista y a menos que a alguien se le hubiera ocurrido inspeccionar detenidamente el colchón y cada resquicio y grieta de la madera donde descansaba, las chinches pasarían desapercibidas hasta el momento en que una víctima les ofreciera su precioso líquido vital. Hasta no hacía mucho tiempo habían chupado la sangre de una pequeña criatura deliciosa cuando de pronto ellas y la cuna con su colchón azul fueron arrumbadas en un rincón oscuro y húmedo de un cuarto inhabitado de la casa. Desde entonces permanecieron sin mover sus regordetes cuerpos perezosos como reyezuelos esperando la atención de una corte arrodillada.

En los largos meses que siguieron, algún gato y un que otro ratón que encontraron refugio pasajero sobre el colchón para mitigar el frío, mantuvieron con vida a las chinches más fuertes y rápidas para aferrarse a los cuerpos tibios que huyeron no mucho después de descubrir a las pequeñas sanguijuelas. Si la naturaleza lo hubiera permitido habrían podido escuchar el sonido de una llave abriendo la cerradura de una puerta seguida de unas voces que inauguraron el silencio largamente contenido.

- Llévese esas cajas con zapatos viejos, aquellas bolsas con ropa y ese ropero también. Con una mano de barniz lo puede vender a buen precio, mire, si ni el espejo está roto.

- Sí señora, ahora subo todo a mi camión. Y aquella cuna blanca en el rincón ¿también se va a deshacer de ella? Dijo el hombre evaluando con mirada de periscopio todos los trastos de la habitación llena de polvo y en desorden.

- Sí, claro, llévesela también. Necesito vaciar las habitaciones para empezar a arreglar la casa. Lo que no se lleve, lo tiraré a la basura. No entiendo por qué los antiguos dueños no se la llevaron si se ve en buenas condiciones.

El ropavejero subió todo al viejo camión con urgente necesidad de una mano de pintura pensando en sacar algún dinero con la venta de los trastos encontrados, sobre todo por la cuna que a pesar de todo era bonita y no tenía maltrato. Las chinches no salieron de su letargo sino hasta sentir el traqueteo de la cuna y entonces despertaron a la vida.
La brillante luz del sol magnificada por la blancura de la cuna pegó de lleno en el colchón y los pequeños vampiros debilitados se replegaron encogiéndose aún más en las rendijas y en los dobleces de la tela azul como soldados en sus trincheras bajo un ataque desigual.
La cuna fue a parar al patio del hombre que comerciaba con la paradójica condición ambivalente de los objetos. Inservibles para unos, imprescindibles para otros. Su mujer pondría en venta la mercancía variopinta al día siguiente mientras el ropavejero, iluso gambusino, emprendía un nuevo recorrido en su búsqueda de artículos que la gente ya no quería para ganarse la vida.
Un viernes por la tarde Lucía descubrió la cuna. De regreso a casa desde la esquina donde bajaba del autobús pasaba a diario por donde el ropavejero y su mujer exponían las cosas ya desempolvadas y un poco arregladas para su venta. Pensó en la cama de tamaño individual donde José, que tenía ya casi dos años, y ella dormían apretujados sin espacio para extenderse a sus anchas. Después de preguntar el precio malabaró mentalmente el escaso salario que acababan de pagarle en la maquiladora de arneses y a pesar de saber que lo que quedaría apenas alcanzaría para el bote de leche de José, la ilusión de la cuna la impulsó a comprarla.
- ¿Cuánto por la cuna, señora?
- Quinientos pesos.
- ¿No me la puede dejar en cuatrocientos?
- Bueno, mire, por ser mi vecina, se la dejo en cuatrocientos. Vale mucho más, ¿eh? Fíjese que hasta el colchón está casi nuevo.
Lucía sacó el monedero y le dio dos de los tres billetes de doscientos pesos que llevaba y a la vieja se le alegraron los ojos.
- ¿Pero cómo me la llevo?
- Mis hijos se la llevan hasta su casa.
La efímera felicidad de la mujer del ropavejero se empezó a evaporar conforme los dos jóvenes que ayudaron a llevar la cuna hasta la casa que no quedaba lejos de allí se alejaron.
Algunas chinches salieron volando cuando Lucía aporreó el colchón con una sábana para quitarle el polvo y los pelos de gato que tenía encima antes de meter la cuna a la casa. El sol ya se había puesto y no pudo ver las chinches que quedaron escondidas, aferradas a la tela con los pelos de sus patas. Puso la cuna junto a la cama y colocó una sábana limpia y una pequeña almohada encima del colchón antes de acostar a José en ella. Su mirada recorrió los pocos muebles de la única habitación y comprobó que el mejor de todos era la cuna blanca que acababa de comprar. Cambió el pañal mojado de José, preparó su biberón y se sentó en la cama frente a la cuna mientras lo tomaba. José la miraba sonriendo mientras succionaba su leche y poco a poco se quedó adormecido con las caricias de su madre.
Lucía tenía hambre y cenó lo poco que encontró. Se fumó un cigarro mientras le daba vueltas a las ideas intentando encontrar una manera de resolver sus problemas económicos. Se acostó sin respuestas como todos los días pero no tuvo tiempo de llorar. Se quedó dormida enseguida.
El calor que desprendía el cuerpo de José en la cuna despertó a las chinches. Sacaron sus pálidos cuerpos moribundos de los recovecos de la madera y el colchón azul y corrieron en tropel hacia su nueva fuente de alimento. Inyectaron sus trompas y chuparon la sangre de José hasta dejar los cuerpos negros y henchidos. Saciados, volvieron a sus escondites con dificultad para repetir la operación cada noche.
Lucía no notó las picaduras hasta algunos días después, cuando José se revolcaba inquieto en la cuna llorando por la comezón. Al principio creyó que se trataba de algún mosquito, pero al quitar la sábana del colchón para lavarla notó los rastros negros, evidencia del hartazgo de los insectos. Revisó entonces más detenidamente y pudo ver a los felices insectos y a su nueva progenie mostrándose sin pudor. Asqueada, sacó entonces el colchoncito azul y la ropa que había sobre ella al frente de la casa y les prendió fuego. Examinó luego la cuna y allí, en cada hueco, la negrura de batallones de chinches habían hecho su refugio. La cuna estaba en contacto con el colchón viejo y roto de la cama donde dormía Lucía y fue fácil descubrirlas también allí adueñadas ya del espacio de sus sueños.
Las chinches se apelotonaron inútilmente en los extremos del colchón mientras las llamas crepitaban. ¡Cuánta tenacidad para existir consumida en tan brevísimo instante!
Ya era de noche cuando Lucía terminó de quemar la cuna, su colchón y la ropa de cama que la vestía. Buscó unas mantas viejas y las puso en el suelo para acostar a José. Ya no le dio vueltas a las ideas para buscar solución. Se sentó en una silla y se fumó un cigarro. Lloró.

Elpidia García
Enero 2009

martes, junio 15, 2010

CAJA ROJA DE HERRAMIENTAS

Esta mañana encontré a Delfino, hasta ayer siempre dicharachero y relajado, llorando a viva voz recargado en una de las columnas interiores de la fábrica. La caja roja con las herramientas en el suelo. Yo iba pasando aprisa en dirección al área donde se reciben los materiales para dar las primeras instrucciones del turno. Impertérritos, algunos lo miraban con lástima sin abandonar sus tareas.

Regresé mis pasos hacia Delfino y lo abracé ante las miradas de decenas de trabajadores. ¿Qué puedes hacer cuando ves a alguien llorar tan desconsoladamente? Así abrazado me lo llevé afuera para que desahogara el sentimiento y para que escondiera la desnudez a la que lo exponía el llanto. Se dejó llevar como un muñeco de trapo hasta un rincón con sombra. Las lágrimas corrían demasiado abundantes para un hombre en sus cincuentas que se les da de duro. Unas manos toscas con las uñas ennegrecidas colgaban inertes a los lados del cuerpo del hombre que ocupaba su tiempo dentro y fuera de la fábrica en manejar herramientas, aceites, gasolinas y solventes. Le quité el desarmador que llevaba sin saber muy bien por qué y ya lejos de las miradas le dije: respire profundo Delfino, recompóngase hombre. Y dígame qué le pasa y si lo puedo ayudar en algo. Escuché mis propias palabras devolvérseme como un eco al estrellarse en la montaña, sin llegar a ningún lado. Mientras se calmaba poco a poco miré el cielo sin nubes y sentí el viento matinal ya caliente. Será un día infernal, pensé.

Con la voz entrecortada se sinceró conmigo:

- ¡Es que de pronto me sentí tan triste! ¡Siento que ya no puedo más!

Yo sabía de qué hablaba y el peso que Delfino cargaba como un condenado y no atiné las palabras de consuelo para un dolor de ese tamaño. Lo encaminé a la enfermería. Tenía la presión alta. Le dieron un calmante y allí lo dejé deseándole que se sintiera mejor pronto.

Una hora después lo encontré con la mirada ausente ajustando una máquina que había fallado, la caja roja con las herramientas a un lado.

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Daniel estaba inclinado bajo el cofre levantado. Maniobraba en el motor del carro intentando quitar una banda que se había roto. Su padre estaba debajo del carro quitando tuercas para quitar una pieza. Los dos arreglan carros después del trabajo en la maquila en la cochera de la casa que usan como taller. Un carro se acercó haciendo rechinar las llantas. Un arma que asomaba escupió en un instante los balazos que se incrustaron en la cabeza y el cuerpo antes de que Daniel pudiera voltear hacia la calle para ver a sus enemigos que dispararon sin bajarse. El padre salió tan rápido como pudo. Corrió y se colgó de una de las ventanillas con el carro en movimiento. Gritó algo inhumano al que blandía la pistola mientras grababa a fuego su rostro en la memoria. Cayó al suelo y los asesinos huyeron. Regresó al taller y colocó al hijo por el que ya no había nada que hacer para que expirara en sus brazos los últimos instantes de sus veintiún años.

viernes, junio 05, 2009

CAFÉ CON ADELA

Hace muchos años que no veía a Adela. Trabajamos juntas varios años en una maquiladora y éramos buenas amigas. Comíamos juntas, estábamos en el mismo departamento y me caía muy bien porque reía mucho. Además la admiraba porque a pesar de no tener a nadie de su familia en la ciudad, se esforzaba mucho por trabajar y estudiar. Dejamos de vernos hace más de veinte años creo. El novio de Adela se llamaba Esteban y él también estaba estudiando una carrera de Ingeniería cuando se conocieron, tiempo después se casaron. Hace algunos días me dejó un mensaje en mi grabadora pidiéndome que la llamara. Su voz sonaba muy triste y me dejó preocupada. La siguiente vez que hablamos por teléfono me dijo que Esteban había muerto de un infarto fulminante. ¿Esteban muerto, a los 47 años? Quedamos en vernos el domingo para tomar un café y hablar de la pérdida de su compañero.
El domingo hice un esfuerzo por levantarme temprano para tomar un café con Adela. Me había desvelado un poco y levantarme cada día de la semana a las cinco de la mañana me dejó con unas ganas tremendas de seguir en la cama. Pero Adela me estaría esperando y lo que le había pasado apenas hacía unas semanas era terrible. Necesitaba una amiga. Así que dejé a Ricardo sin desayuno ese día y me fui al Vips antes de que se levantara.
Allí estaba ya Adela con su misma sonrisa. Pasara lo que pasara, ella seguiría llevando esa máscara de alegría y optimismo. Pensé que en esa actitud estaba su fortaleza. Le di un abrazo muy fuerte sin decir nada y nos fuimos a sentar junto a la ventana donde irrumpía indolente el sol veraniego. Pedimos café. Comenzó hablando de todo un poco rehuyendo el tema de la muerte de Esteban. De los hijos, de nuestros amigos. Observé el dorso de sus manos llenas de lunares y no pude evitar compararlas con las mías. La huella de los años alrededor de sus ojos. Los estragos de la edad. Creí que lo mismo estaría pensando de mí. Pero detrás de su edad, estaba la misma Adela vitalista e incansable que conocí, allí estaba una vez más afrontando una realidad más dura que todas las demás. Me habló de Esteban por fin sin dejar que el dolor le sacara las lágrimas. En el tono de su voz advertí un enojo contra él. Por dejarla sola tan pronto supongo. Había tanto que hacer. Se desplomó así nada más, sin aviso previo, sin que nada indicara que estaba enfermo. Lo único que lo tenía enfermo era el estrés de la maquila. Demasiadas responsabilidades siempre, sin nunca tener tiempo para ella ni para él mismo. Trabajaba día y noche. El colmo era ese último trabajo como gerente de Producción. Le daba muchos dolores de cabeza pero ganaba bien aunque, ahora descubría Adela, no tenía ni el beneficio de un seguro de vida.
Esteban quería tener siempre más. ¿Y quién no? A Adela le daba sólo lo indispensable y lo demás lo ahorraba. ¿Para qué? Dijo Adela con tono de amargura. Nunca disfrutó de la vida, ni de sus hijas. Se la pasaba en el trabajo; llegaba a casa de noche y seguía trabajando. Ni dormir lo dejaban. Le llamaban a cualquier hora de la maquiladora, así estuviera durmiendo. Y Esteban se levantaba y se iba.
Pedimos otro café y me dieron ganas de desayunar algo más. Insistí para que Adela también lo hiciera. Comió sin apetito. Me dijo que no le encontraba ningún sabor a la comida. Así es cuando alguien se te muere, se te van las ganas de todo, dijo. Siguió hablando de Esteban y esta vez la voz y la mirada, hundida en un mar de interrogantes eran un mudo reproche lanzado a su recuerdo. No tenían vida en pareja, su única obsesión, su ilusión, era el trabajo en la maquila. Según Adela el asesino de Esteban fue su trabajo en la maquila. Por él dejó de amarla, dejó de reír y de llevarla al cine. De hablar quedamente en las noches abrazados en la cama. La cambió por él y un buen día la dejó sola. Sola estaba antes de que Esteban se fuera, pero la soledad sin siquiera su presencia y apoyo ahora era más aplastante.
Un buen rato después nos despedimos con un abrazo más fuerte que el de antes. Olíamos a café. Miré otra vez su tristeza encubierta por esa sonrisa inagotable alejarse por la puerta.


sábado, abril 11, 2009

DOROTKA

Work entitled "Woman and Rabbit" by Jeremy Couillard.

No falla. Cuando ya todos están alegres en una fiesta, alguien recuerda una historia que sin unas cervezas de por medio a nadie le parecerían tan graciosas. Pero esa noche estábamos todos tan contentos. Sería porque estábamos de vacaciones en Veracruz, o porque el viento de abril que se soltó esa noche revolviendo las aguas del lago Catemaco rejuvenecía nuestra alegría. No era tan fuerte que nos tirara las botellas — estábamos en un bar al aire libre frente al lago — pero con el calor de los días anteriores se agradecía ese norte que azotaba la costa y se llevaba los mosquitos. Fue entonces que Nacho, nuestro amigo veracruzano, contó la historia de Dorotka y después que lo hizo, no paramos de reírnos un buen rato. Esta es la historia de Dorotka la coneja...bueno, eso creían todos, que Dorotka era una coneja.

Cuando era una niña, Dominika siempre quiso tener un conejo allá en su pueblo natal en Polonia, pero su madre se opuso todo el tiempo. Ya era suficiente estar al cuidado de cinco hijos para todavía encargarse de un conejo. Además, creía que los días de un conejo dentro de esa casa turbulenta estaban contados.

—No, no y no. No habrá ni conejos, ni nada que camine o se arrastre por el suelo en esta casa. Tú y tus hermanos lo matarían el primer día que entrara. ¿Ya se te olvidó la pobre tortuguita que te compré y aplastaste el mismo día que la llevé a casa?

Tal vez fue ese deseo infantil que hizo que al llegar a Jalapa, recién casada con Filip y establecidos en una casita cerca del campo, que hizo que la encontrara ideal para criar el conejo blanco que siempre quiso tener. Se compró una conejera, la acondicionó con todo lo necesario y una tarde que llegó Filip de la Universidad donde daba clases, lo esperaba un conejo blanco y sedoso.

Al principio, a Filip le pareció raro tener un conejo como mascota. En Polonia él tuvo un perro. Un perro le ladra y lame a uno la mano. Te mira a los ojos, se comunica y a veces sientes que hasta te habla. ¿Pero un conejo? Decía.

—Bueno, pues si tú quieres, lo conservaremos. Espero que no sea muy engorroso cuidarlo. ¿Y es conejo o coneja?

—Es una coneja. Ya hasta nombre le puse. Se llama Dorotka.

Filip la miró y sonrió. Notó un brillo de tierna candidez en los ojos azules de su esposa y se alegró de compartir ese capricho infantil de Dominika.

No tardaron en encariñarse con ella. Dorotka era silenciosa y le gustaba la compañía de la pareja. En su pequeña y conejal mente, su vida consistía en comer y dormir. La conejera era su dormitorio, pero cuando la sacaban para que estuviera con ellos en la casa, se escondía debajo de los sillones y no salía hasta que Dominika la buscaba y la colocaba en su regazo, mientras veían la televisión o leían un libro en el sillón de la sala. Le acariciaba las orejas, de abajo hacia arriba, una y otra vez hasta que se quedaba dormida. Poco a poco el animal fue formando parte de la vida cotidiana de ese matrimonio extranjero en México. Como Dorotka se fue acostumbrando a ellos, salía al patio y jugaba entre la hierba verde mientras Dominika tendía la ropa o barría el frente de la casa. Fue precisamente una de esas mañanas que Dominika sacudía las sábanas blancas para colgarlas del tendedero, que Dorotka empezó a mostrar síntomas raros. De pronto se abalanzó a los gruesos chamorros blancos de Dominika para mordérselos con tanta fuerza que le dejó la marca de los dientes. Gritó de dolor y de sorpresa al ver que Dorotka se había puesto así. Creyó que tenía hambre y la llevó a la conejera para alimentarla otra vez.

—Esta coneja se está poniendo demasiado gorda, dijo Filip una tarde que descansaban y observó la figura obesa de Dorotka a un lado de Dominika en el sofá. La estás sobrealimentando.

—No creo que esté gorda. Un conejo no podría comer más de lo que necesita, ¿no crees?

—Pues a mí me parece que está gorda.

Dorotka siguió atacando y mordiendo a Dominika, hasta que una vez lo comentó con Nacho, amigo de la pareja.

—Oye Nacho, tú que tienes animales en el rancho y sabes de esas cosas, por qué crees que me muerde, ¿estará enferma?

—No lo creo Dominika, tiene todas sus vacunas. Si yo mismo te la llevé al veterinario.

—Además aquí no hay manera de que se hubiera contagiado, no hay más conejos alrededor. —Yo, aunque tengo conejos, sé poco sobre ellos. A mí pregúntame de caballos, vacas y cerdos.

—A menos que... claro, eso debe ser. Está en celo, Dominika. Ese es el problema. Préstamela unos días para llevarla al rancho con los demás conejos verás que te la traigo tranquilita. Debe ser que ya es el tiempo de apareamiento. O tal vez simplemente necesite estar con otros conejos.

—Puede ser, dijo Dominika no muy convencida ni contenta de apartarse de su mascota. —Está bien, llévatela y me la traes cuando se calme. Está demasiado agresiva.

Nacho se la llevó a su rancho y la llevó con los demás conejos. No había manera de perderla de vista, Dorotka era una conejota gorda y enorme comparada con los demás.

Se quedó observando un rato para ver el trabajo que les costaría a los conejos aparearse con tremenda hembra. Pero en cuanto la puso en la conejera, se abalanzó sobre las conejas para montarlas porque ¡Dorotka era conejo! no coneja.

—Mira nomás, pensó Nacho mientras admiraba el ímpetu de Dorotka, el recién descubierto macho. La sorpresa que se van a llevar Dominika y Filip cuando les cuente. ¡Date vuelo, muchacho! Le gritó al conejo gordo que se trepaba con dificultad sobre las hembras. Luego se alejó riendo divertido. ¡Ah qué Dorotka! Debería llamarse Dorotko, o cuando menos Juan.

Un par de días después, Nacho fue a buscar a Dorotka para llevársela a su amiga y darle la noticia.

—Le va a tener que cambiar el nombre, un conejo macho no puede llamarse Dorotka.

Pero cuando lo encontró, Dorotka estaba muerto en la jaula, infartado por el esfuerzo. Una docena de hembras impasibles y felices, comían zanahorias a su alrededor.