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miércoles, abril 25, 2007

BANDIDA

Gloria no sabía nada de perros ni pensaba tener uno algún día. Pero cuando se encontró ese cachorrito peludo corriendo delante de ella por la calle, moviendo la cola graciosamente, pensó que no sería mala idea darle un perrito a José. Para que crecieran juntos y para que aprendiera a amar a los animales. El perrito le daría alegría y compañía. Era sólo algo que se le había ocurrido, pero conforme siguió andando y el dueño del cachorro no aparecía, la idea iba tomando forma. Levantó al perrito, que no tendría más de un mes y lo observó detenidamente mientras éste le lamía las manos y la cara. Tenía el pelo largo y blanco en la mayor parte del cuerpo. Un par de grandes manchas negras en los costados hacían juego con las de la cara alrededor de los ojos, que se extendían hasta las orejas, como una máscara de bandido de película. Los ojos gachos y los párpados superiores ligeramente caídos, le daba una expresión de melancolía bonachona. Eso fue lo que más le gustó a Gloria, que más que un buen perro de buena raza, parecía un perro bueno. Como pensaba que el dueño llegaría en cualquier momento a buscarlo, caminó despacio, en actitud de espera. No fuera a pensar que lo estaba robando. Cuando se dio cuenta que no había nadie en la calle, desanduvo el camino con el cachorro en los brazos para hacer tiempo por si el dueño llegaba. Pero nadie lo reclamó en el trayecto a casa ni nadie salió a buscarlo y así fue que el perro se convirtió en la mascota de la familia.

El perrito era en realidad una hembra a la Gloria llamó Bandida. Ni a José ni a su padre se les agrandó el entusiasmo por la perra. Bandida pasó a ser uno más de los miembros infelices del hogar amargados por las borracheras de Francisco. En muchos años iguales, los alborotos y destrozos que Francisco causaba los fines de semana y la tristeza de Gloria en los días siguientes, afectaron el carácter de José, que se volvió retraído y solitario. En los tres, no había felicidad que sobrara para la perra que con todo, no dejaba de lamer agradecida las manos o los pies de Gloria, la única que se ocupaba de alimentarla y bañarla los sábados que descansaba de su trabajo en la maquila.

Mientras crecía, Bandida fue revelando su personalidad noble y leal. Juguetona como todos los perros jóvenes, jalaba con su hocico la ropa colgada en el tendedero dejándole a cada prenda los dos agujeros de sus colmillos, lista para tirar a la basura. Y cuando estaba en la casa, había que esconderle los zapatos antes de que los dejara inservibles con sus mordiscos. Muchas veces, cuando Gloria llegaba cansada del trabajo y descubría sus estropicios sin que Francisco o José hubieran hecho nada por detenerla, le daba enfurecidos escobazos hasta que se cansaba. Bandida le lanzaba una mirada triste de incomprensión sin responder a los ataques, y sin ladrar siquiera le lamía la punta de los zapatos y se alejaba con la cola entre las patas, gimoteando adolorida. Luego echaba su peluda anatomía junto a la entrada apoyando la cabeza en el suelo, afligida por los regaños.

Meses después, el tamaño de Bandida era demasiado grande para tenerla dentro de la casa y hubo que sacarla al patio, pero también la casa de madera que le compraron le quedó pequeña no mucho después. Si Gloria hubiera sabido que su tamaño final sería tan descomunal, no la habría recogido cuando era una cachorrita.

Gloria nunca quiso amarrarla porque le parecía una crueldad. En los reducidos jardines de las casas de los trabajadores, había visto muchos perros amarrados con cadenas gruesas y pesadas, hirviendo bajo el sol del verano, con la lengua fuera jadeando de sed sin poder protegerse bajo una sombra, mientras sus amos estaban ausentes trabajando. Cuando menos Bandida tenía libertad de movimiento. Además, Gloria se aseguraba de dejarle un bote lleno de agua que se mantenía fresca junto a la sombra del único olmo del jardín, antes de irse a trabajar. Pronto los vecinos se quejaron de los sustos que la enorme perra les ponía con sus ladridos cuando pasaban frente a la casa. Pero Bandida nunca mordió a nadie, su temperamento era dulce y pacífico, amaba a los niños y aunque ladraba poco, su ladrido era grave, fuerte, con un toque metálico, como el de una campana rota. Protegía la pequeña casa como si se tratara de una fortaleza, un instinto de guardián poderoso que llevaba en sus genes y eso era lo que impresionaba a los vecinos distraídos que de pronto se encontraban frente a un imponente animal con voz de trueno.

Gloria se preguntaba de qué raza sería Bandida. Una vez hojeó un libro con fotografías de perros en una librería y encontró que por el desmesurado tamaño, el pelo, la forma de la cabeza, la máscara negra, las patas fuertes y musculosas y la cabeza, se parecía a un perro Mastín del Pirineo. Un can más apropiado para vivir en la montaña y en el campo, pastoreando ovejas, luchando contra lobos, y no para padecer el suplicio del desierto, prisionero en una casa de ciento veinte metros cuadrados.

Cuando Bandida cumplió un año, en el invierno, ya estaba preñada. Una mañana después de que había nevado toda la noche, Gloria salió al patio y vio un gran boquete que la perra había cavado debajo de la banqueta que rodeaba la casa. Era tan grande, que Bandida cabía perfectamente en él, como si fuera una cueva para protegerse del frío. Pero Gloria no sabía nada de perros ni de sus costumbres, y se enojó tanto que le pegó con un palo hasta que la hizo llorar como lloran los perros, con lloriqueos de agudísimo sonido. Notó que estaba nerviosa, pero interpretó la ansiedad del animal como simple instinto para protegerse del frío, tal vez porque intuía que el clima empeoraría y se preparaba para ello. No se imaginó que Bandida se disponía para el alumbramiento. Tomó luego una pala y se puso a tapar el hueco. Ni Francisco ni José la quisieron ayudar. Mientras lo hacía, Bandida le suplicó algo que Gloria no entendió desde muy dentro de su mirada.

Los días que siguieron no hubo nada que Bandida detuviera su impulso por escarbar en el mismo lugar hasta hacer otro agujero, que Gloria tapaba una y otra vez, condenada por haberse quedado con ese animal tan grande al que nadie la ayudaba a atender. Como si no tuviera suficiente con el trabajo de la maquila, el borracho de Francisco, el trabajo de la casa y el carácter difícil de José.

El frío y la nieve continuaron un par de semanas más. El sábado siguiente Gloria salió al patio dispuesta a su penitencia y hacerle pagar a Bandida por ella, pero esta vez encontró a la perra echada dentro de la nueva cueva con su primera prole de diez crías. Dos estaban congeladas, pues Bandida tendría que haber entibiado el espacio con su cuerpo por unos días antes de parir. Abatida, Gloria comprendió al fin el empeño de Bandida por construir su refugio. Sintió compasión por Bandida y por ella misma. Tanto que habían trabajado las dos escarbando y tapando el agujero. Luego advirtió que tenía un nuevo problema encima: deshacerse de las crías. ¿Quién iba a quererlas?

El asunto se repitió cada vez que la perra se quedaba preñada. Ya no era solamente alimentarla, limpiar la mierda, aguantar las quejas de los vecinos, bañarla, ahora habría que buscarles casa a los recién nacidos, y después tapar agujeros del tamaño de tumbas cual Émulas de Sísifo repitiendo su condena una y otra vez. Se estaba amargando… y Bandida también. Se le fue acabando la alegría en ese minúsculo pedazo de tierra donde estaba presa, sin poder correr, sin poder demostrar su inteligencia, sin recibir algo de afecto de sus amos. Las largas orejas negras se le pegaron a la cara como lacias de tristeza y Gloria, aunque no entendía de perros, intuyó que era demasiado para ambas.

El fin de semana que estuvieron juntas por última vez, Gloria estaba llorando en silencio en el patio, mascullando su impotencia bajo un cielo nocturno sin estrellas. Dentro de la casa, Francisco se había quedado dormido finalmente después de varias horas de su acostumbrada trifulca alcoholizada. Roncaba. Algunas botellas estaban rotas en el suelo de la cocina. José se había encerrado en su cuarto para no escuchar los gritos y hacía mucho que debía estar dormido también. Bandida estaba echada a los pies de Gloria. Quedaban pocas horas para el amanecer y había que ir a trabajar muy temprano, pero se quedó mucho tiempo más junto a su fiel perra. Había decidido cambiar el rumbo de su vida y tenía que pensar.

Gloria no se presentó el lunes a trabajar en la maquila. En vez de eso, llevó a Bandida al Centro Antirrábico Municipal donde terminaban su vida los perros callejeros que recogía el Centro. Durante el trayecto, miraba por el espejo retrovisor a Bandida y le pareció que nunca la había visto tan triste. Al llegar, vio decenas de perros encerrados en minúsculas jaulas que aullaban de pesar antes del sacrificio. Cuando entregó la perra al encargado, Bandida la miró una última vez comprendiendo todo. Gloria casi creyó escuchar lo que le decía en esa mirada. La perra no se resistió, agachó la cabeza y caminó hacia su destino. Gloria no pudo evitar llorar cuando se fue sin volver la vista de ese lugar. Fue la primera dolorosa decisión que tomaría ese día.

viernes, febrero 09, 2007

METAMORFOSIS EN ROJO

El otro día navegando por Internet topé de repente con la cara de Nick Nolte, y entonces me acordé que se le parecía un poco en los rasgos de tipo bravucón, en los ojos azules, en el tono de la piel arrebolado, como el de quienes han pasado algún tiempo en la costa y la brisa del mar y el sol les tuesta un poco, sin llegar a oscurecerla realmente. Hasta el pelo rubio y rebelde del actor me trajo a la memoria ese personaje que sin haber yo tenido nunca una relación ni cercana por asomo con él, se quedó en el inventario de personajes de esa época que va quedando cada vez más lejana cuando trabajé en una fábrica de esta frontera.

Las cosas andaban mal por aquel tiempo en esa empresa que tenía apenas un par de años funcionando. Según mi entendimiento la transferencia de Estados Unidos a México se había hecho sin demasiada planeación y la urgencia por continuar produciendo para atender las necesidades de los clientes, había forzado a iniciar operaciones caóticamente. Pronto las consecuencias sobrepasaron las capacidades de la organización y los directivos norteamericanos abrumados por las quejas de clientes molestos decidieron enviar a un hombre fuerte como Gerente de Operaciones que volviera al status quo "antes de la frontera". Entonces mi puesto era bastante menor, una simple expeditadora de materiales cuya función era asegurar que los lotes de material estuvieran a tiempo en las líneas de ensamble para evitar demoras en los arranques.

El primer día que llegó el Camarón, mote que le pusieron en cuanto puso un pie dentro del edificio, llegué al trabajo justo cuando se estaba bajando del carro. Era invierno, nevaba ligeramente y a las siete de la mañana el frío calaba en los huesos, pero a pesar de eso se presentó en una camisa de manga corta de color amarillo muy claro que hacía juego con el rubio de su pelo lacio. Sabríamos después de conocer su personalidad un poco más, que lo ligero de su vestimenta no se debía a su imprevisión – venía de la Florida – sino a una pose para alardear de tipo duro, con piel y corazón de cocodrilo. Quería impresionarnos desde el principio. Los días que siguieron se encerró con todo el departamento de Materiales al que yo pertenecía para revisar una por una las órdenes atrasadas. Quería saber las razones del rezago y fechas específicas de cumplimiento. Frente a cada uno de nosotros en esas juntas, teníamos el grueso fajo de hojas verdes impresas cada mañana con la larga lista de órdenes de cliente incumplidas. Su estrategia era inútil. Casi nadie teníamos idea de si seríamos capaces de cumplir las nuevas fechas pues el problema estaba en el surtido de los materiales a la planta y poco podíamos hacer en esas juntas maratónicas que se extendían mucho más allá de nuestro horario normal de salida.

Conforme avanzaban las horas sin respuestas efectivas, el rostro rosado del Camarón empezaba a ensombrecerse, como si internamente la pesadumbre lo invadiera deseando largarse lejos de ese agujero negro de sucia maquila para irse a pescar esturiones en alguno de los ríos de la Florida, pero luego, tal vez recordando la misión casi imposible encomendada de enderezar esa empresa porque su pellejo iba en juego, recobraba la compostura y entonces lo rojizo de las mejillas y la frente se extendía al resto de la cara, el cuello y por último a las orejas, el indicador infalible de enojo extremo. Y así cada día, de rosado a rojizo, y a encarnado. De ahí el apodo de Camarón que le pusieron los trabajadores, que lo vieron más de una vez metamorfosearse. Como cuando hizo un recorrido en la planta y observó un equipo de prueba sin etiqueta de calibración o con la fecha de vigencia ya vencida, aquí me falla la memoria, y entonces con una capacidad interpretativa innegable, como un Hulk enfurecido en rojo levantó el equipo como en cámara lenta y con todo dramatismo lo elevó hasta que tuvo los brazos bien extendidos hasta arriba y emitiendo un grito de coraje, lo hizo añicos en el suelo. De esos arranques tuvo muchos.

Una vez entré a la sala donde se realizaba la junta de gerentes muy temprano, a la que doy a Dios gracias no tenía que asistir en ese tiempo cuando observé un gran agujero aproximadamente a la mitad de la falsa pared de tabla roca que no estaba ahí el día anterior y cuando pregunté la causa del mismo, no fuera que el Camarón lo descubriera, me dijeron que él mismo lo hizo cuando lanzó el pesado cenicero circular de mármol, de esos gruesos y pesados, contra el Gerente de producción, que logró esquivar el golpe destinado a descerebrarlo de haber dado en el blanco.

Con todo, el Camarón era "buena onda", tenía una sonrisa francota y cuando estaba contento soltaba unas estruendosas carcajadas. Y en el último día de trabajo antes de las vacaciones de Navidad, se ponía un poco alegre con unos tragos de la botella que tenía bajo el escritorio. Una vez salió con todo y whisky en las rocas a la planta riendo alegremente. Subió una pierna en una silla y con la mano derecha sostenía el trago mientras veía complacido a los chambeadores obreros, como si contemplara las playas de Key West. Los obreros lo veían, y sonreían extrañados de ver a ese hombre discordante y escarlata, lejos no sólo de su apariencia, sino de su mundo y su sentir.

Respecto a los problemas de la empresa el Camarón no pudo resolverlos y un par de años después se fue. Los fuimos arreglando entre todos poco a poco, con mucho esfuerzo. No sé si al Camarón lo despidieron o prefirió regresar a la calidez y la vegetación de Florida, pero cada vez que veo a Nick Nolte me acuerdo de él.

domingo, diciembre 31, 2006

CENIZAS

Mientras esperaba que le entregaran las cenizas, observó los anuncios en la pared de la oficina de la funeraria y las urnas en venta en una vitrina de madera fina. Los precios eran absurdos. Una de las más caras se vendía en dos mil pesos. Parecía de buena plata y tenía una paloma tallada en la parte frontal. Había unas pequeñas, que parecían floreritos con tapa, como para repartir las cenizas en varias partes y entregarlas de recuerdo a los deudos de una familia grande. Se decidió por una de hojalata dorada adornada con unos pétalos de colores que costaba doscientos pesos. La más barata. La pagó y se la entregaron en una bolsa de terciopelo rojo con un lazo trenzado para cerrarla, luego volvió a tomar su turno en la sala hasta que la llamaran para la entrega de las cenizas. Un anuncio en una pared junto a la secretaria solicitaba personal para ventas por teléfono. Pensó que no sería un mal trabajo. Horario flexible, comisión de ventas, no estaría mal, mejor que en la maquila seguro, pensó. Se levantó para pedir información. Un joven con traje negro y corbata, con cara de cuervo, anotó una dirección y un teléfono al reverso de una tarjeta y se la entregó.
- Lleve una solicitud Printaform. Está abierto desde las nueve de la mañana.
- ¿Hasta cuándo van estar recibiendo solicitantes?
- Siempre estamos solicitando vendedores.
Intuyó que vender sepelios a futuro no era probablemente un trabajo de gran demanda. Alguien mencionó su nombre de una oficina al fondo. Guardó la tarjeta en su cartera y entró.
- Firme aquí por favor de recibido. ¿Trae la urna?
- Aquí está.
El hombre sacó la bolsa de plástico transparente con las cenizas de una cajita de cartón y la colocó con cuidado dentro de la urna de hojalata dorada. Se la entregó con una actitud de respeto practicada muchas veces. Tomó la urna y la metió en la bolsa de terciopelo rojo.
- Las cenizas podrían desperdigarse. Procure que la urna no se voltee. ¿La podemos ayudar en algo más?
- Este...sí. Necesito una carta de justificación para mi trabajo. Usted sabe, falté dos días. Algo que diga que mi padre falleció.
El hombre escribió una serie de números en un papelito y se lo entregó.
- El Certificado de Defunción se lo entregan en el Registro Civil con este número de folio. Tardará algunos días.
- No, es que yo necesito justificar esas faltas hoy, si no, no me pagarán la semana completa, ni el bono de asistencia perfecta mensual en la fábrica donde trabajo.
- En ese caso, le diré a la secretaria que le extienda una carta donde especifique que se le realizó el servicio funerario a su padre estos dos días. Tome asiento y en cinco minutos se la darán.
- Gracias.
Un grupo de personas llorosas entró a iniciar los trámites de un servicio funerario. El joven con cara de cuervo los recibió atento usando su mejor máscara de gravedad.
No mucho después salió de allí con las cenizas de su padre en las manos. Las luces indiferentes de la calle centelleaban o era el efecto de la humedad reprimida en sus ojos. Un sentimiento parecido a la tristeza aunado a los pensamientos confusos sobre la muerte se le arremolinaron formando un nudo duro en la garganta. Enfiló hacia alguna parte de la ciudad en la negrura de la noche.