
Las últimas noticias sobre Darío indican que está estable y fuera de peligro por ahora, después de una cirugía en la que fue necesario cortarle ochenta centímetros del intestino delgado.

Las últimas noticias sobre Darío indican que está estable y fuera de peligro por ahora, después de una cirugía en la que fue necesario cortarle ochenta centímetros del intestino delgado.

Hubiera hasta rezado porque nadie gozara con regodearse con la agonía; que la muerte, ya que se empeña, llegara expedita, sin dramatismo.
Pero ni que la muerte la repartieran sólo los hombres. Ni que los asesinos se detuvieran a pedir credenciales, comprobantes de edad o pruebas de embarazo. Aquí la muerte no hace concesiones. Se desgrana ya sin mirar, sin odio ni emociones. Desde cinco centímetros a un metro noventa somos todos elegibles. Si no para morir, para ser secuestrado, para que alguien se quede con el botín de lo que traigas en tus cuentas. Veinte pesos o veinte mil, no importa, tarde o temprano alguien tocará a tu puerta, llamará a tu teléfono exigiendo, amenazando. Si para morir, la variedad es infinita. Según el verdugo, el tiempo y las formas para quitarte la vida.
Se han puesto armas en manos de miserables para matar miserables casi siempre. Alguien dice dispara, si no lo conoces no sentirás nada. La muerte sin odio se vuelve absurda, descabellada.
Los sicarios ahora disparan a trabajadores que ganan sesenta y siete pesos diarios cuando van de regreso a casa. No van tras ellos, pero es igual. La muerte así es, no tiene motivo, elige a las víctimas en una lotería. Y se extiende como una mancha roja.
Había cruzado los dedos, pero no funcionó.
Diario de Juárez 10/2872010: Rafaguean camiones de transporte de personal. Hay cuatro muertos.
La Cuna Berthe Morisot 1872

Esta mañana encontré a Delfino, hasta ayer siempre dicharachero y relajado, llorando a viva voz recargado en una de las columnas interiores de la fábrica. La caja roja con las herramientas en el suelo. Yo iba pasando aprisa en dirección al área donde se reciben los materiales para dar las primeras instrucciones del turno. Impertérritos, algunos lo miraban con lástima sin abandonar sus tareas.
Regresé mis pasos hacia Delfino y lo abracé ante las miradas de decenas de trabajadores. ¿Qué puedes hacer cuando ves a alguien llorar tan desconsoladamente? Así abrazado me lo llevé afuera para que desahogara el sentimiento y para que escondiera la desnudez a la que lo exponía el llanto. Se dejó llevar como un muñeco de trapo hasta un rincón con sombra. Las lágrimas corrían demasiado abundantes para un hombre en sus cincuentas que se les da de duro. Unas manos toscas con las uñas ennegrecidas colgaban inertes a los lados del cuerpo del hombre que ocupaba su tiempo dentro y fuera de la fábrica en manejar herramientas, aceites, gasolinas y solventes. Le quité el desarmador que llevaba sin saber muy bien por qué y ya lejos de las miradas le dije: respire profundo Delfino, recompóngase hombre. Y dígame qué le pasa y si lo puedo ayudar en algo. Escuché mis propias palabras devolvérseme como un eco al estrellarse en la montaña, sin llegar a ningún lado. Mientras se calmaba poco a poco miré el cielo sin nubes y sentí el viento matinal ya caliente. Será un día infernal, pensé.
Con la voz entrecortada se sinceró conmigo:
- ¡Es que de pronto me sentí tan triste! ¡Siento que ya no puedo más!
Yo sabía de qué hablaba y el peso que Delfino cargaba como un condenado y no atiné las palabras de consuelo para un dolor de ese tamaño. Lo encaminé a la enfermería. Tenía la presión alta. Le dieron un calmante y allí lo dejé deseándole que se sintiera mejor pronto.
Una hora después lo encontré con la mirada ausente ajustando una máquina que había fallado, la caja roja con las herramientas a un lado.
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Daniel estaba inclinado bajo el cofre levantado. Maniobraba en el motor del carro intentando quitar una banda que se había roto. Su padre estaba debajo del carro quitando tuercas para quitar una pieza. Los dos arreglan carros después del trabajo en la maquila en la cochera de la casa que usan como taller. Un carro se acercó haciendo rechinar las llantas. Un arma que asomaba escupió en un instante los balazos que se incrustaron en la cabeza y el cuerpo antes de que Daniel pudiera voltear hacia la calle para ver a sus enemigos que dispararon sin bajarse. El padre salió tan rápido como pudo. Corrió y se colgó de una de las ventanillas con el carro en movimiento. Gritó algo inhumano al que blandía la pistola mientras grababa a fuego su rostro en la memoria. Cayó al suelo y los asesinos huyeron. Regresó al taller y colocó al hijo por el que ya no había nada que hacer para que expirara en sus brazos los últimos instantes de sus veintiún años.


Rubí Marisol Frayre Escobedo tenía 16 años cuando desapareció en agosto de 2008 de la casa donde vivía con su pareja y su pequeña hija. Desde entonces, su madre Marisela Escobedo indagó su paradero sin resultados y denunció formalmente su desaparición ante la Unidad de Personas Ausentes, Extraviadas y Desaparecidas el 28 de Septiembre del 2008. El hombre con el que vivía, Sergio Rafael Barraza Bocanegra huyó de la ciudad junto con su hija. La propia madre de Marisol ofreció una recompensa de 1,500.00 dólares a quien diera información para localizar a quien ella consideraba sospechoso de asesinar a Rubí y solicitó la custodia de su nieta Heidi. Sergio Rafael Barraza Bocanegra fue localizado y aprehendido el 16 de Junio del 2009 en Fresnillo, Zacatecas. Éste confesó haber asesinado a Rubí por celos cuando supuestamente la encontró con otro hombre. Después, la envolvió en una manta, la tiró en un basurero clandestino y le prendió fuego.
Luego de la confesión de Sergio, él mismo llevó a los agentes al lugar donde quemó su cuerpo, que había desaparecido casi totalmente debido a la calcinación y descomposición. De los análisis forenses se desprendió que 39 restos óseos pertenecían a Rubí.
Desde que se inició el juicio, Marisela Escobedo ha librado una lucha solitaria pero férrea por exigir que el asesinato de su hija no quedara impune. Esta valiente madre ha emprendido caminatas de protesta diariamente con un cartel colgado a su cuerpo con la foto de su hija acompañada de un puñado de amigos y familia empujando el cochecito donde lleva a Heidi; ha dado entrevistas en la radio; ha desfilado desnuda solamente cubierta con las fotografías de su hija; se ha manifestado frente a las oficinas de la Sub-procuraduría de Justicia con la cara maquillada de payaso, cargando una cruz con copias de los huesos encontrados de su hija . Todo esto porque sabía que probablemente el asesino, a pesar de haber confesado su crimen, saldría libre. Quizá porque sabe que son sólo unos cuantos culpables a quienes el sistema ha podido poner tras las rejas. Seguramente porque sabe que nuestro sistema judicial es tan defectuoso que pese a que tienen al culpable detenido y confeso, no es capaz de estructurar el juicio de manera que se otorgue justicia y se respeten los derechos de las víctimas. El veredicto del Tribunal del Juicio Oral fue el siguiente:
“Se absuelve por unanimidad a Sergio Rafael Barraza Bocanegra de la acusación que le hizo el Ministerio Público como autor del delito consumado de homicidio agravado, previsto y sancionado por los artículos 123, 125 y 126 del Código Penal”
Los sentimientos de dolor e impotencia de Marisela Escobedo y su familia ante el veredicto resonaron tanto que hasta el gobernador tuvo que ordenar la impugnación del mismo.
Marisela Escobedo ha salido otra vez a las calles. Sigue inventando estrategias para llamar la atención. Ahora lleva maniquís vestidos de negro con balanzas inclinadas, solicita firmas, se sienta en la calle y se vuelve a pintar la cara de payaso, lleva cruces con huesos de cerdo. Sus declaraciones nos golpean el alma:
“Queríamos mostrarlos allá adentro para ver si ellos – los jueces – creen que de esto se pueda sacar una causa de muerte, pues necesitarían ser Dios. Lo que sí queda muy claro es que no se murió de amor, ni se murió a besos, ni fue solita a acostarse y se prendió fuego. La asesinó este hombre. Él mismo lo manifestó a infinidad de personas”